Derrama, oh Señor, toda tu gracia sobre ese raro espécimen masculino que se toma la molestia de llamar a su compañera sólo para saber cómo está.

Bendice, Padre, al varón que guarda un tiempo para preguntar si su chica ha comido, si le rindió la tarde en el trabajo o si todavía lo quiere como ayer.

Extiende tu mano, Señor, a aquel macho que escribe varios mensajes al día y no le molesta mostrar un verdadero interés a través de las telecomunicaciones.

Y al resto de ese género desconsiderado, Padre, a través de tus maneras misteriosas, hazle llegar mi más sincero mensaje “¡Aprendan a llamar, desgraciados!”.

Amén…