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Marisela se queda desvelada con los ronquidos de su novio, pero sonríe porque siente la entrañable presencia masculina en su cama…
Hilda tiene 20 años más que Diego pero lo ama como si tuvieran 15 y 17…
Sara ha superado las barreras del idioma y la cultura para unirse por siempre a un extranjero. Ningún coterráneo pudo hacerla tan feliz…
Victoria, la ejecutiva, está tan enamorada de Álvaro que grita a viva voz sus ganas inmensas de “jugar a la esposa”. Nadie puede creer que ahora esté planchando camisas y horneando pasteles.
Elsa tiene 50 años viviendo con Marcos y todavía le dice “Vida mía”…
Julia quedó prendada de un beso que nunca fue y que sigue deseando. Es la historia de amor inexistente más intensa que yo haya visto…
María se sienta a arreglarle los pies a Claudio; un amor de cortaúñas, piedra pómez y ponchera de agua…
Katy tiene 6 meses chateando con Gabriel y siente que es el verdadero amor de su vida. Hacen el amor por el msn y se lanzan besos a través de la webcam. Katy ya no va al cine ni sale con sus amigas, sólo se siente viva frente al monitor…
Diana cierra la puerta de su casa de cuatro pisos y se va a vivir a un cuarto barato con Jorge. La gente le pregunta si está loca y su mamá la quiere matar. Pero Diana podría incluso vivir en un terreno polvoriento de La India sin nada más que la mano de él sobre la suya…
Esther descubre que su esposo ha tenido un hijo con otra mujer… y para sorpresa de todos, poquito a poco se va acercando al niño. Un día le da un beso, otro día le enseña a leer, y ya para Navidad, aprende a amarlo como a los suyos propios…
Andrea está enamorada de un homosexual encantador. Y aunque sabe que es un imposible, sigue guardando una llamita de esperanza de que quizás – sólo quizás – él podría cambiar de preferencia…
Betsabeth tiene diez años amando a un hombre casado; diez años recibiendo siempre un segundo plato que nunca le quita el hambre, pero que le resulta suficiente como para seguir esperando…
Mirla recibe un puñetazo en la cara de su querido Leo, tiene moretones en el ojo, pero se convence de que es algo pasajero, que nunca va a suceder otra vez. A pesar de los consejos de su madre, vuelve con él y le tiene un segundo hijo…

Analía tiene una fijación extrema por la lingüística y siempre se da cuenta de los detalles.
Observa calladita, por ejemplo, que los casados hablan siempre en plural: “Tenemos una casa, nuestro plan es irnos a Madrid en vacaciones”; pero quizás lo que más le llama la atención es que aquellos que esperan hijos (hombres y mujeres) hablan en términos de semanas.
Es como un interruptor que enciende de repente una nueva forma de ver la vida. Ya no son años ni meses, la vida comienza a entenderse en semanas.
Analía tiene que sacar cuentas mentalmente para entender cuando sus amigas le hablan de la formación de las pestañas del feto en la semana veinte y esa calculadora cerebral la lleva inevitablemente a su propia calculadora biológica.
“Treinta y cuatro años y nunca he hablado en semanas” – piensa Analía. Y no lo dice como un lamento, sino como un compromiso que no ha cumplido, un ítem en esa lista de cosas por hacer que algún día se harán. Una cita de la que siempre ha huido, incluso cuando estaba casada y entregada a las mieles del amor.
El porqué tiene un ingrediente absolutamente simple: Miedo. Miedos de todos los colores, de todos los pelajes. Miedo a no saber qué hacer con un hijo, a no tener cómo mantenerlo, a que nazca con algún defecto, con algún retraso. Miedo a no ser buena madre, a no igualar a la propia madre que lo ha hecho siempre tan maravillosamente bien, tan insuperablemente bien. Miedo a no tener tiempo, a no saber cambiar pañales ni hacer comida a la hora, miedo a que crezca y se convierta en un adolescente rebelde de esos que odian a sus madres.
Pero sobre todo, miedo a abandonar su vida propia para pasar a ser “la mamá de… ”.
Miedo a estancarse, a renunciar a los sueños para ocuparse de otro ser humano. Miedo a perderse como mujer, como profesional, como persona.
Este último es el verdadero miedo de Analía.
Alguien con sabiduría de calle y de casa le dijo una vez que, en el momento indicado, el cuerpo iba a pedirle que tuviera un hijo, que esa necesidad iba a venir. Simple y clara.
Pero curiosamente, a Analía no le preocupa la llegada de esa sentencia, le preocupa sentarse a esperarla y no verla aparecer. Nunca ha sentido el deseo profundo de tener un bebé. Sus planes abarcan desde un doctorado en Nueva York hasta un viaje con la ONU a un campamento de refugiados; desde la escritura de un libro hasta un apartamento de ejecutiva con decorado de revista. Pero nunca un hijo.
El cuerpo no termina de pedirle que arrope a un bebé con una cobija tejida por la abuela ni tampoco que le dé compota haciéndole el avioncito.
Analía se mira en el espejo y dice que no tiene instinto maternal. A veces se convence de que hay mujeres que nacen para ser madres y otras no. “Cosas de estadísticas, no tengo la culpa” le repite a la almohada.
Analía mira a su hermana Inés atender a sus sobrinos y cree que es la mejor mamá del mundo. “Quizás ella sacó toda la dulzura de madre que tocaba en la familia…”
Analía no está dispuesta a dejar de viajar ni parar de ser la profesional estrella, es verdad. Pero reconoce que el tiempo no es infinito y en el caso de la maternidad tampoco es relativo. Tiene fecha de vencimiento y ya. Su calculadora biológica también le suelta que si tiene un bebé rápido, cuando ese hijo tenga quince años, ella tendrá cincuenta. Cada año que se tarde la hará más abuela de sus propios hijos.
Duro cálculo ese. Pega en el alma.
A la retahíla de miedos, se suma otro más intenso: ¿Y si su cuerpo le pide un hijo cuando ya sea muy tarde? ¿Y si se decide a tenerlo cuando la fecha de vencimiento esté por cumplirse?
Analía se aturde en números y temores que no la dejan dormir. Da vueltas en la cama sin saber si quiere hablar en semanas o seguir contando años.

Esta es una historia que nació por casualidad en un día de trabajo y se ha mantenido como niña caprichosa en el antojo de no morir, aunque para ello deba sacudirse la sensatez y asumir la locura peligrosa como fuente de alimento.
Antes de empezar, quiero oír a Silvio diciendo que ojalá pase algo que te borre de pronto, para no verte tanto, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones.
Parece entender bien mi situación, aunque nunca me haya conocido. Parece entender que necesito de un elemento externo que catalice el proceso de olvido porque yo, con mi débil voluntad, me tardaré años…
Un país tú, un país yo y un tercer país nuestro encuentro.
Durante meses me resistí con todas mis fuerzas a cometer un desatino de esa magnitud. ¿Tomar un avión y viajar doce horas para verte? Perdóname, una señorita con mi cerebro y mi status de ejecutiva internacional no se permite esos absurdos.
Un rayo de los dioses envió un trabajo importante que se metió en el medio de los dos y me salvó por un tiempo de lo que parecía un error. Ahora veo que el error más grande habría sido no ir a abrazarte aunque tuviera que llegar nadando a Australia.
Pero fíjate cómo es de alcahueta el destino que, en un pase de magia burocrática, quitó ese trabajo de mi vista y me dejó en el medio de la calle, desnuda de toda excusa para no ir a verte.
Y es que en verdad, con excusa o sin ella, yo sí quería ir a encontrarte. Yo sí quería entregarme a los absurdos y a los desatinos. Yo sí quería deslastrarme de mi cerebro internacional y pensar con la piel al menos por una vez.
“A la mierda todo” – dije por fin – valiente y decidida. Tomé mi pasaporte, mi boleto, unos cuantos dólares y viajé hasta la madrugada sólo para volver a olerte de cerca.
Miedo seguía habiendo, eso no lo puede negar ni Dios. Miedo a convivir con alguien durante una semana, cuando hacía varios años que no compartía mi cama por más de una noche. Miedo a que este viaje se convirtiera en un vulgar intercambio de fluidos y no en una historia de amor, como sigo soñando a pesar de tanto golpe.
Pero te juro, bello compañero, que en el momento en que por fin te abracé y sentí que eras de carne y hueso otra vez, que no de cables de Internet ni de imágenes de memoria idealizada; en ese preciso instante, el miedo se devolvió por donde vino.
Más que eso, hubo instantes de colección donde llegaste mucho más lejos de lo que esperaba.
Debo reconocer, por ejemplo, que me sorprendiste extendiendo tu mano hacia la mía en el teatro, ¿te acuerdas? Ese temor inicial de que este encuentro sería puramente carnal, desapareció completamente. Tu mano lo aplastó, lo deshizo en un solo toque. Y sí, yo me perdí un poco de la obra, sin lamentarlo siquiera, porque mi verdadero espectáculo estaba en nuestros dedos entrelazados. Vaya delicia…
Dame un respiro, voy a tomar un vaso de agua que la garganta se me seca de tanto recordarte. Mientras tanto, voy a hacer sonar a Frank pidiendo utopías. Se parece a mí cuando ruega, como algo vital, que lo salven de vez en cuando de su soledad.
Por supuesto, esta historia no estaría completa sin una oda a tus dones de amante.
¿Existe una escuela de placer en tu tierra? Esa sería la única explicación lógica a esa facilidad de encontrar puntos claves de orgasmos, a tu lengua divina que no se cansa hasta verme en el más primitivo de los arrebatos.
Yo sentí también el furor de recorrer todas tus esquinas, de besarte, de lamerte, de morderte sin prejuicios. De subirme a tu cintura sin control, como quien se lanza en paracaídas y se siente más vivo que nunca.
De tanta intensidad quedan algunas huellas que yo he bautizado como “mordiscos de sangre azul”, trazos de pasión que se han convertido en manchitas moradas, vecinas de un pubis más que satisfecho de tu visita. Un testimonio colorido de que embistes con fuerza, con masculinidad, con ardor. Lo dije aquella primera noche y lo repito hoy sin complejos: “¡Vaya intensidad, caballero!”
Pero más que sexo, en este viaje yo encontré la historia que estaba buscando y que lleva por título una sola palabra: intimidad. Cercanía aderezada con música, con películas tontas y profundas, con besos en la frente y un abrazo al dormir que se volvió costumbre en cuestión de horas. Intimidad fue sinónimo de un baño en pareja, de paseos por el parque, de relatos de amores pasados. Fue también la tranquilidad de tocarnos sin vergüenza, con la confianza de quien se sabe dueño del otro aunque sea por una temporada feliz.
Pero la realidad finalmente llegó. Cero sorpresas, ya sabíamos cómo iba a terminar este cuento.
Son las dos de la mañana de nuestra última noche y te pido acostarnos a dormir, pero tu respuesta me quita el sueño: “Tú vas a dormir mañana, yo voy a dormir mañana… pero ¿cuándo vamos a estar juntos otra vez?”.
Buena pregunta.
Salimos al frío de la madrugada, cada quien de regreso a su patria.
Y no digo nada para no echar a perder el momento. Tanto silencio me hace parecer tonta, aburrida. Pero créeme que quedarme callada es lo más inteligente que puedo hacer.
Hablarte a la cara cuando falta poco para que desparezcas sería como abrir la compuerta de una represa de emociones. Hablarte ahora, cuando todas mis fuerzas quisieran que a este estúpido avión se le dañaran los cuatro motores antes de salir, sería cubrirte de frases empalagosas.
Es más inteligente parecer silenciosamente tonta que lanzarme a preguntar cuándo se te volverá a ver, cuándo voy a poder acariciarte las manos con mi cremita de dormir o acercarme a tu cuello con olfateos de perro. También se me queda en el tintero otra pregunta: ¿Pensarás en mí cuando yo no esté? No me atrevo a abrir la boca, no me queda más opción que imaginar que sí.
El llamado a abordar se tarda tanto que hace daño.
Mis pies quieren levantarse sin mirarte, entrar en el avión y no darle más largas a este adiós que ni siquiera será un adiós verdadero. Porque un adiós es un corte limpio, es decir “hasta aquí llegamos, vete”. Este no. Este será un hasta luego, un “hasta que se pueda otra vez” y si no se puede, será un adiós que fingirá que no le importa.
Finalmente, anuncian mi turno. Me das un beso tímido, como quien no quiere avergonzarse ante la mirada de extraños … y yo clavo mis labios en tu cuello como quien no se ha enterado de que hay alguien más en la sala.
Te vas. Volteas a verme más adelante, me lanzas un beso de nuevo… pero igual te vas.
Y en ese preciso instante en que te pierdes de vista, mis pestañas brillantes y mojaditas le gritan a todo el aeropuerto lo que yo no me atreví a decirte: que una parte de mí se había resistido estoicamente a enamorarse, mientras que la otra… ya se había enamorado hace rato.

No quiero volver a ese papelito estúpido de mujercita. No quiero tener que esperar a ver si me llamas, si estás pendiente de mí, si me compraste un regalito de Navidad o si me quieres igual en Enero que en Diciembre.
Qué ladilla.
Logré liberarme de esa actitud hace tiempo y me ha ido mejor que nunca.
Y ahora le da por regresar a mi cabeza otra vez.
Ahora vuelve a atormentarme, a quitarme la concentración y la lucidez.
No quiero esa actitud de vuelta, me rehúso. Lo siento, ya estoy preparando los zapatos de goma para salir corriendo… otra vez.

¿Y ahora yo qué hago? ¿Dónde pongo esta adoración que se anidó en mi cuerpo y que tenía ganas de entregarte todo? ¿Dónde se arroja la ilusión que uno ha acumulado durante meses y que ahora se ha quedado sin su objeto de amor?
Y aquí estoy, triste, incrédula, sin ganas de levantar la cabeza, parada en el medio de la calle… no pasa ni siquiera un carro que toque corneta y me saque de este mundo paralelo en el que he caído.
Yo definitivamente me enamoré de tí, no tengo ni siquiera las fuerzas para negarlo. Habías llenado todos los requisitos, ante mis ojos eras absolutamente perfecto. Un día hasta me atreví a decirte que eras la respuesta de los ángeles a mi búsqueda. Y realmente lo eras…
Podíamos hablar sin cansarnos, podíamos bailar y ser los más bellos de la pista. Me encantaba tu inteligencia, tu ropa, tu manera de moverte, tus metas a largo plazo, tu sensibilidad.
Yo soñaba con presentarte a mi familia, con pasearnos del brazo por todas partes, ardía en ganas de gritarle al mundo que finalmente Dios se había acordado de esta pobre infiel y le había enviado un compañero maravilloso…
Realmente anhelaba eso. Lo anhelé primero con alguien anónimo y cuando te conocí… le pusiste rostro y nombre a ese sueño.
Lo peor es tener esta sensación de ser la mujer más estúpida de la tierra. Lo peor es darse cuenta de que todos lo sabían y la única ciega que quería darle un mordisco a tu masculinidad era yo.
Yo, la que creía que nuestras charlas significaban algo, que mi “poder conquistador” estaba ganando terreno en tu corazón y que mis historias de amor quizás podían hacerte notar que me moría por besarte. Pobre ilusa…
Hoy me he declarado totalmente incompetente en materia de hombres. No los conozco, no sé descifrarlos, no sé quienes son… no quiero acercarme a ninguno.
Y aunque me lo dijiste en la cara me costó creerlo… no sabía si mi interpretación era errada, no podía detenerme a pensar que me había estrellado de frente contra la pared de la realidad. Tuve que describirle nuestra franca conversación a mi hermana y escuchar de ella el veredicto: “Sí, Andre, es homosexual…”
¿Qué pasa cuando alguien es cariñoso, amable, romántico, atento… pero es un desastre en la cama?
Esa persona que no sabe hacerte el amor, que se pierde al tocar, que no tiene el mismo “swing” que has experimentado otras veces… es el mismo que a la mañana siguiente te prepara el desayuno con dedicación mientras tú todavía no te has levantado, es él quien te pregunta si estás bien y te protege entre sus brazos si el día amaneció frío.
Con él hablas, te entiendes, te identificas. Con él quieres seguir viéndote. Quieres besarle y tomarle de la mano para caminar por el parque.
Te inspira momentos lindos, llenos de cariño…
Pero la otra cara de la moneda te causa bostezos.
El deseo se te diluye cuando piensas que él no es el amante que esperas, el que deseas que te tome con pasión arrolladora y sepa exactamente qué es lo que te hace explotar.
No la pasas mal pero recuerdas que la has pasado mucho mejor.
Quizás habría sido mejor no tener tanta experiencia con la que compararlo… Too late.
A pesar de eso, quieres darle un voto de confianza que se ha ganado lentamente tratándote como a una princesa. Y te preguntas ¿puede ese poco encanto sexual compensarse con buena compañía?
¿Puede una mujer olvidarse de un sexo malo si a la mañana siguiente le traen el desayuno a la cama con una rosa y un beso? ¿Sería eso engañarse a sí misma?
Algunos dirán “Bueno, en pareja puede aprenderse…”
Y sí, supongo que a eso hay que apostar, a conocerse el uno al otro aunque el proceso pueda ser un poco… eeeeh .. tedioso.
¿Puede el sexo malo convertirse en bueno? ¿… o está destinado de por vida a seguir siendo malo?
No lo sé.

Ya he dicho otras veces que de todas las experiencias sensoriales, la que me resulta más sensual es el olor. Y cada vez me convenzo más de que esa debilidad juega en mi contra.
Estoy en ese proceso de concentrarme en las cosas importantes y olvidarme de tus abrazos. Casi lo logro… pero por Dios que cuando me encuentro con tu olor divino en mis espacios, el proceso se revierte.
Te lo dije desde el primer día, sin ningún tipo de verguenza: “Hueles rico…” Pero no me imaginaba que eso iba a dejarme indefensa ante tu recuerdo más tarde. Mi abrigo amarillo todavía guarda tu esencia y ni siquiera abriendo las ventanas de mi carro toda la noche logro que se vaya tu olor.
Lo peor es que no metí toda la ropa en la lavadora… porque en el fondo, disfruto encontrar tu perfume escondido en un pliegue de tela.
Yo prometo olvidarte, está bien… pero por favor, llévate tu olor contigo. Me está matando.
Mariana ha tenido un anhelo encerrado en su corazón durante los últimos tres años… en su cabeza se ha paseado un príncipe azul que llega por fin y le dice que está dispuesto a quedarse.
Este deseo ha estado guardadito desde hace tiempo, esperando ver la luz… y hace poco, por esas telarañas divertidas del destino, alguien se atrevió a decir una frase que Mariana no escuchaba desde la era paleozoica: “¿Quieres ser mi novia?”
Shock total. Estupefacta, petrificada, sin habla y sin razón.
Mariana quiere entregarse sin pensarlo mucho… pero contradictoriamente, se da cuenta de que tres años de soledad han cambiado sus hábitos y su manera de sentir.
Se da cuenta de que antes podía sentirse cómoda con los nombres de cariño… pero hoy se siente ridícula. No sabe dejarse decir “mi amor” o “mi princesa” .
No se encuentra a sí misma asistiendo a una fiesta como “la novia de…” y no está segura de poder dejarse abrazar en público.
No recuerda que un hombre le cediera su abrigo si tenía frío o le diera un beso en la frente para “curarle” la alergia.
Durante estos tres años, Mariana se ha acostumbrado a los amores rápidos, a los que se conforman con una noche de pasión y no les interesa profundizar. Se ha habituado tanto a eso que ahora un amor pausado la confunde, la hace sentirse perdida.
No recuerda que también hay corazones dispuestos a vivir el fuego lento, dispuestos a esperar, a explorar primero por dentro…
Mariana ha visto volver las promesas de amor que se había imaginado… pero aun no logra creer en ninguna. Antes estaba esperando encontrar una nueva ilusión para gritarla al mundo… y hoy que la ha encontrado prefiere callársela, temiendo que se desvanezca.
Mariana quiere confiar, quiere cerrar los ojos y abrir los brazos sin reparos, pero aún le hace falta abandonarse un poco e iniciar un proceso de limpieza interna.
Afortunadamente, ese príncipe que llegó a su vida parecer estar hecho de paciencia. Con cada pequeño beso, con cada palabra dulce le está haciendo recordar, pasito a pasito, cómo se siente ser novia de nuevo…
Cuantas veces he estudiado la historia de esta mujer, visto su foto en pancartas, cuantas veces he cubierto marchas por ella, entrevistado a su mamá (una mujer preciosa), a su hermana Astrid, o he escuchado mensajes que sus hijos le han enviado a través de mi radio o a través de todos los medios de comunicación del mundo… Se había convertido en un mito tan fuerte, que ya creíamos que nunca iba a ser liberada.
“Ingrid va a ser la última liberada… es demasiado importante para las FARC” se escuchaba decir por ahí . Otros decían que estaba ya muerta, otros que le faltaba poco, en fin.
Se supone que uno como periodista debe mantenerse un poco apartado del hecho para conservar la verticalidad de la noticia, pero en el caso de los secuestrados, yo he tirado esa teoría por la borda. Durante las dos liberaciones que se dieron en Venezuela yo hice mi trabajo correctamente, pero eso no impidió que sintiera con el corazón la angustia de las familias que esperaban a los secuestrados y más aún que sintiera como mío el abrazo que por fin se dieron cuando la libertad se volvió real.
Yo hacía mi noticia al aire… y fuera del aire, lloraba escondidita por allá…
Hoy al mediodía nos dieron la noticia de la liberación de Ingrid y yo no lo podía creer. No fue sino hasta que el ministro Santos mencionó su nombre que me convencí de que realmente ibamos a poder verla reunida con su mamá y hablando libremente en televisión.
Después de verla en su última prueba de vida donde la notamos cabizbaja, en una actitud de derrota, Ingrid Betancourt se muestra hoy mucho mejor de lo que nos imaginamos: con fuerza, con alegría y especialmente con la misma mente brillante. Lúcida, crítica, inteligente.
Esta tarde, lo único que lamenté de su liberación fue no haber estado ahí para ser testigo de un momento tan especial a nivel informativo y a todo nivel. Pero como siempre, los dioses mueven hilos y hacen de las suyas: recibí una llamada que simplemente decía “Estás lista? Váyase para Bogotá entonces”
Así que aquí voy, con una maleta mal hecha pero emocionada hasta la médula.
Hasta mañana. Ingrid y bienvenida a la libertad…
Su administración del tiempo es impresionante, su eficiencia es digna de admiración. Cuando por fin le pregunté cómo demonios hacía para ser tan eficaz, su respuesta me sorprendió totalmente:
“No tengo más nada que hacer”- me dijo.
“No tengo hijos que cuidar ni un esposo que atender, la muchacha de servicio limpia la casa y lava la ropa. No pongo flores en la mesa ni riego las plantas por las tardes, no tengo a nadie a quien cocinarle… ni siquiera tengo una mascota a quien alimentar o hacerle cariñitos en la barriga. Sólo tengo un sola cosa que hacer: trabajar. ¿Cómo podría hacerlo mal?”
Angelica está dispuesta a cualquier reunión de negocios que se presente, a cualquier contrato jugoso que se asome, a toda oportunidad de crecimiento profesional que le llegue a las manos. Angélica tiene jornadas de 12 horas de trabajo y parece no cansarse nunca.
Sin embargo, hoy adiviné en sus ojos que no se cansa físicamente… pero el alma la tiene exhausta.






