Cuando llueve…

Cuando llueve, mi cerebro entra en contradicción con mis emociones… pienso por un lado que sentirse triste a causa del mal tiempo es de niñas ilusas. Pero por Dios que un montón de gotas cayendo juntas también logran conmoverme y muchas veces le quitan el sol a mis pensamientos.

Cuando llueve busco el disco de Dido y lo escucho como una enferma, me pongo a recordar que antes no me importaba empaparme en un buen aguacero y de pronto, me dan unas ganas enormes de prepararme un chocolate caliente, como si hubiese viajado a un país con invierno.

Me pongo supersticiosa y no abro el paraguas en la casa ni me atrevo a darme una ducha, no vaya a ser que un rayo me destruya en pleno baño.

Me pongo melancólica, vuelvo a leer a Benedetti, vuelvo a escuchar a Chopin y me resguardo en el calor de mi cobija, viendo una película vieja en televisión.

Pero sobre todo, pienso en alguien que me da un beso en la frente, que me habla de arte, de música y toma chocolate de mi taza. Alguien que se siente calentito si lo abrazo, que toma la tristeza de la lluvia y con sus manos la convierte en paz.

Ojalá estuviera aquí…

No disponible

Este es simplemente un tiempo de receso, de tranquilidad, de espacio para pintar algunas paredes sucias y limpiar olores viejos, antes de seguir adelante.

Durante este tiempo, llenaré por fin mi necesidad de replegarme en mí misma y disfrutar de mi intimidad en paz. Quiero dejar de aceptar invitaciones y de recibir llamadas de media noche.
Quiero dormir sola en mi cama, sin manchar mi edredón blanco, ese que parece una nube y sólo quiere acobijar a un verdadero ángel.

Hasta Pitágoras lo dijo: «Purifica tu corazón antes de permitir que el amor se asiente en él, ya que la miel más dulce se agria en un vaso sucio».

Sólo por un tiempo…

El calentador

Dícese de aquel individuo que se dedica a excitar a una mujer a distancia, vía telefónica, por correo electrónico o con mensajes de texto ardientes, pero que a la hora de concretar dicha acción erótica, siempre se las arregla para no aparecer.

Situación 1:

Víctima: «Aló???»

Calentador (con voz sumamente sensual): «Hola, bella… no podía aguantar las ganas de hablarte… quiero verte… «

Víctima (interesada en la propuesta): «¿Sí? Mmmmmmmmm ¿Y eso..? ¿Cómo para qué…?»

Calentador: «Tú sabes… para acariciarte con mi lengua por todas partes…»

Víctima (con la sangre ya en ebullición): «Eso suena bien… muuuuyyy bien…»

Calentador: «Si quieres paso por tu casa esta noche y hacemos todas las cosas ricas que me están pasando por la cabeza…»

Víctima: «Uuuuuuuyyy … bueno, me encantaría, vente como a las 9, te espero…»

Calentador: «Sí, pero ya va, yo te paso un mensaje si puedo, porque no es seguro»

Víctima: «¿Cómo que no es seguro?»

Calentador: «Es que quizás no pueda… estoy entrando en una reunión, te escribo más tarde»

Horas después, se lee el siguiente mensaje de texto «Mi amor, tengo que pasar buscando a mi hermana, no puedo ir. Será otra día. Besos»

Víctima: FUCK!!!!!!!
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Situación 2:

Víctima: «Aló??»

Calentador: «Te tengo una idea que te va a encantar, bella. ¿Por qué no nos vamos tú y yo este fin de semana para la playa. La pasaríamos muy bien los dos, no crees?»

Víctima: «¿Para la playa? ¿El fin de semana? ¿Los dos, tú y yo solos? Esteeeeeee… bueno, la verdad es que sí, me encantaría que viajáramos solitos los dos…»

Calentador: «Dale, mi amor, ya mando a reservar el hotel. Preparáte porque no te voy a dejar dormir.. vamos a hacer el amor hasta el amanecer…»

Víctima (sin aliento): «Ya me lo estoy imaginando, este va a ser un fin de semana delicioso. Te voy a hacer todo lo que tú quieras… ¿Saldríamos el viernes o el sábado?»

Calentador: «Déjame ver, linda, yo creo que el sábado. Pero mañana te confirmo a ver si nos vamos o no, todavía no estoy seguro»

Víctima: «Pero no entiendo… ¿no estaba decidido ya, pues?

En ese momento, el calentador dice su frase más célebre, símbolo de que todas tus hormonas han perdido su trabajo: «Yo te aviso…»
Y más tarde, remata con un mensaje (siempre un cobarde mensaje): «Disculpa, amor, me mandaron a un curso en Valencia. Será otro día. Besos»

El calentador pareciera divertirse con el hecho de excitarte, conseguir que la mente y el cuerpo se emocionen y dejarte justamente como novia de pueblo: vestida y alborotada.
¿Por qué hacen eso? ¿Por qué nunca concretan la acción?
Como dice un amigo mío «Es el tipo que convence pero NO PENETRA»
¿El logro es envolverte con palabras y excitarte sólo el cerebro? ¿Su meta es simplemente escucharte decir que sí?
Creo que por fin lo entendí, la próxima vez que venga por aquí con sus ideas eróticas, yo también le tengo una frase sensualísima: «Anda a calentar a tu madre!!!!»


Ahora te toca a tí

No olvides que en algún momento fuiste una muchacha que sólo tenía su fuerza para hacer las cosas.

Hoy que te refugias en la comodidad de tu casa y te molesta que no esté el cuadro de autor que quieres en la pared, te digo que antes de esa nimiedad, había una soñadora que ahorraba todos los meses con una meta fija en la cabeza.
Hoy, que te da pereza caminar diez pasos bajo el sol, quiero recordarte que antes de ti había una chica que llegaba a todas partes sudando, pero con la motivación en pie.

Ahora te toca a ti trabajar y resarcirla. No te duermas.

La historia de Carla

Cuando las niñas de mi familia estábamos pequeñas y soñábamos con estudiar, hacer carrera y ser grandes, Carla representaba para nosotras el modelo a seguir, nuestra idealización del éxito en la vida.

Carla había estudiado en el exterior, hablaba inglés y vivía sola en su propio apartamento. Tenía un carro chévere, ganaba mejor que cualquiera y poseía la libertad para hacer lo que le diera la gana: irse para la playa un fin de semana, comprarse ropa preciosa y sobre todo, no consultarle nunca a nadie de sus decisiones.
Carla era nuestro ideal de independencia y nuestra meta a alcanzar algún día.
¿Casa, marido, hijos? Nada que ver, ella parecía absolutamente feliz en su mundo y nosotras dábamos la vida por comprar un pasaje a ese universo perfecto, muy lejos de la cocina y más lejos aún de un pañal.

Sin embargo, un día, empezamos a notar que Carla ya no se veía tan bien como antes, que el rostro lindo y fresco que siempre habíamos visto había perdido brillo y que su sonrisa le descubría unas líneas nuevas en la cara.
“Es que Carla ya tiene más de cuarenta…” advirtió mi mamá. Y desde ese momento, se instaló entre todos un tema que parecía preocupar a una sociedad entera: el hecho de que Carla no se hubiera casado.
Las pequeñas creímos que eso no la afectaba, que simplemente ELLA HABÍA DECIDIDO que así fuera, lo cual generaba en nuestras mentes una mayor admiración: “¡Por Dios, Carla es magnífica! se ha atrevido a mostrarle al mundo que no necesita de un hombre para ser feliz!! Se basta consigo misma!!”
Pobres inocentes, no sabíamos en ese entonces que Carla lloraba con frecuencia en las noches y que su tremendo sueldo, su apartamento y su libertad no le servían de consuelo.

Recuerdo que en medio del tema de la “soltería prolongada”, alguien dijo: “¿Y quién &%%% se va a empatar con Carla? Si esa mujer no necesita a nadie!! Es demasiado independiente. Tendría que ser un hombre arrechísimo el que pueda estar con ella!!! ¿Y quién quiere una mujer de ese calibre? Eso es demasiada presión!!!”

Un día, sin dar muchas explicaciones y decidida a alejarse un poco de su entorno acusador, Carla amaneció renunciando a su trabajo y emigrando a otro país. ¿Su nueva faceta? Voluntaria en ayuda social.
Un cambio radical que todo el mundo reprobó pero que no nos quedó otra opción que aceptar. Así esta nueva mujer, con casi cincuenta años a cuestas, empezaba un reto totalmente desconocido: una vida de sencillez.
Y entre organizar grupos de ayuda, coordinar actividades y relacionarse con nuevas culturas, Carla vino a toparse con un hombre de una sensibilidad increíble, dieciséis años menor, que un poco más tarde la haría su esposa.

Nunca la habíamos visto tan feliz como cuando entró vestida de blanco, lista para entregarse por completo y deslastrarse por fin de su pesada independencia.

Ya no idolatro a Carla, simplemente he comprendido lo inmensamente sola que se sentía… y lo equivocado de nuestro concepto de la felicidad.

Yo lo aplaudo

La gente en Inglaterra y en el mundo entero está en shock: «!!!Harry Potter desnudo!!! ¿Cómo se atreve? ¡Por los clavos de Cristo!!»
A mí me parece una excelente decisión. Daniel Radcliffe ha sabido sacarle provecho a su oportunidad de representar a Harry Potter, pero luego de cuatro películas, el riesgo de encasillarse era demasiado alto.

Quizás podía correr con la misma suerte de Cristopher Reeve, a quien siempre vieron como Superman, o Linda Blair que quedó en la mente del público como Regan de «El exorcista» por el resto de su vida.
Al interpretar a Alan Strang en la obra Equus, supongo que la intención de Radcliffe era deslastrarse completamente de su personaje y cuanto antes, mejor.
Y si la forma de romper el celofán era hacer un desnudo (por demás artístico, vale decir) ¡¡pues que lo haga!!! ¿y por qué no?

Además, no se puede negar que los cuadritos se le ven muy bien…



Blanco, negro y gris

En esta maraña de absurdos que hemos entretejido los dos, no hay colores vivos que nos den un poco de calor.
Yo misma he decidido que haya dos opciones: una blanca que implica seguir siendo amigos y otra negra que implica tomarnos de la mano y lanzarnos al abismo en contra de todo el mundo.

Tú, más flexible y con ganas de seguir presente, me hablas de grises que permiten amistad, cercanía, confianza. Pero yo me empeño en verlo todo en tonos puros, porque sé que los grises en este caso, tienen las mismas consecuencias que el último extremo de los negros.
Lo siento, no hay medias tintas. Decidí no permitirme grises que me hagan daño, grises que se convierten en azules de tristeza. Ya no…

Al final, entre las dos opciones, tú escoges el blanco, que para tí significa tranquilidad. Yo también escojo el blanco, sólo que para mí no significa tranquilidad sino vacío… vacío de ti y de todas las emociones que se me quedan adentro deseosas de cristalizarse.
Ya veremos si este blanco purifica el alma… o la seca.

Reincidente

Como una fiebre de cuarenta grados que nubla la visión y te hace cometer locuras, así tenía yo que ir a verte.
Como una sensación de acidez en el estómago que te impulsa a correr rápidamente y te hace estrellarte de nariz contra la pared, así tenía yo que salir corriendo a buscarte.
Poco importaban las altas horas de la noche que marcaba el reloj, la mirada curiosa de los vecinos o la promesa de no volver a verte con ojos de novia… era inevitable, yo tenía simplemente que ir a donde estuvieras a darte un beso.
Y tu respuesta tuvo sabor a gloria, a aliento, a motivación: «Somos dos los locos, te espero».

Con dudas, con incertidumbre y hasta con vergüenza, llegué finalmente a tu puerta y ya sabíamos exactamente lo que iba a pasar.
Con la intensidad de quien quiere cumplir un deseo inmediatamente, me acercaste a tu cuerpo con fuerza para volver a sentir lo que hace tiempo dijimos que no debía ser: nuestros labios juntos.
Momento sublime, sensación maravillosa de volver a tenerte para mí. Cierro los ojos como queriendo perderme en el tiempo, como deseando que cada elemento de la tierra desaparezca y no quede otra cosa en el mundo que tú y yo.
Sólo por ese instante de encuentro infinito, ya había valido la pena armarse de valor (o de estupidez) para venir a verte.

Sin embargo, yo sabía que ese beso escondido, oscuro, rápido no iba a ser suficiente. Me quedan toneladas de ganas de ti, pero cuando la cordura vuelve otra vez a ocupar su sitio en la cabeza, llegamos los dos a la misma conclusión de siempre: no se debe.
No se debe.

Viene de «Prohibido Eres» y «Quizás en otra vida…»