Mi propia cobija

Es impresionante la cantidad de basura mental que aprendemos a lo largo de los años. Y lamento decir que mucha de esa basura nos viene de nuestros propios padres.

Esta vez quiero hablar de la parte económica. Mi papá es una de esas personas que siempre ha creido que hay que comportarse como si fuéramos pobres: hay que cuidar las cosas para que nos duren toda la vida porque no hay para comprar más, hay que recortar todos los gastos posibles, cualquier salida es un lujo, la ropa nueva es algo que compramos cada 2 años, no se puede adquirir cosas caras porque eso es ser ostentoso. En fin creo que mi papá es un socialista, pero no del siglo XXI, sino de la prehistoria.

Tiene una frase sagrada que le encanta repetir y cuando lo hace, me provoca ponerle un sartén por la cabeza: «No hay que actuar con escasez de criterio sino con criterio de escasez».

Puffffffffffff… me cago en la escasez.

Siempre trato de evitar a la gente que dice «Ay es que estamos mal… ay, es que con este gobierno uno no puede surgir, la vaina está jodida, no se puede…» Vade retro!!!! Sigo pensando que mientras uno más se enfoque en la escasez y en lo difícil de la situación, más jodido estará.

Y ojo, yo he tenido período bien malos. Pero nunca los he pregonado al mundo ni me he sentado a lamentarme, ni mucho menos me he acostumbrado a vivir en escasez. Siempre he entendido que son períodos TRANSITORIOS que se acaban tan pronto yo entienda que debo moverme rápido para que eso cambie.

Hay un amigo mío que dice que de vez en cuando él se da baños de riqueza. Se va a un concesionario Audi o Mercedes y hace todo el procedimiento como si fuera a comprar un carro: lo prueba, lo huele, lo mira, pide presupuesto y hasta promete volver. Puede parecer tonto, pero él es una de las personas más prósperas que conozco.

En contraposición a mi padre, está la actitud de mi mamá, gracias a Dios. Ella es de las que dicen «Claro que se puede, ya resolveremos». Nos ha animado siempre (y nos ha patrocinado también) a salir de Venezuela para ver mundo, a conocer, a aprender. Nos celebra cuando vamos adquiriendo cosas que nos hacen crecer y no le perturba cenar en un buen resturante si eso nos hace sentir felices. Todo esto, por supuesto, sin caer en el despilfarro que es otro capítulo muy diferente.

Claro, también mi madre se apoya en su fe. En los malos momentos, siempre es ella la que repite «Dios proveerá». Y siempre ha sido así, nunca ha faltado nada.

Por eso no me dejo influir por actitudes destructivas o por comentarios que pudieran crearme una atmósfera desfavorable. Creo que hay que confiar en la providencia, trabajar y dejarse de malas energías.

A la consabida frase de «Arrópate hasta donde te alcance la cobija» me atrevo a contestar con firmeza: Mi cobija es del tamaño que me da la gana.

Cobarde

Muchas he veces me he puesto a pensar en lo que habría pasado si te hubieses atrevido a escogerme.
Creo que tu vida sería mucho más divertida, más plena. Habríamos jugado en equipo de manera sincronizada y en complemento, no como te veo ahora… jugando solo.
Creo que te hubiese gustado que te diera mil besos antes de dormir y que camináramos de la mano por el parque. Casi puedo jurar que te sentirías enamorado, apasionado… vivo.
No como te veo ahora que buscas cualquier excusa para no volver a tu casa porque sabes que no encontrarás ahí lo que necesitas. Ahora te inventas amigos, responsabilidades, motivos de toda índole para pasar de largo a una realidad que te da pánico afrontar: que no eres feliz ni lo has sido en mucho tiempo.

Desde mi punto de vista la solución sería tan fácil como cerrar la puerta diciendo “Me voy” y utilizar la primera bocanada de aire fresco para recargar el ímpetu que siempre he admirado en ti.
Pero sé que no lo harás… sé que antes de tocar el pomo de la puerta, el miedo te congelaría las venas. Sé que te has convertido en esclavo de tu zona de confort… esa que te hará vivir por años bajo los cánones de tradición y que poco le importa matar tu entusiasmo.
Eres un cobarde con todas sus letras.

Hoy, he recordado nuevamente un poema andaluz de Rafael de León que mi abuelo solía leerme, y que me permito citar aquí para convencerme a mí misma de que nuestro viejo sueño de estar juntos jamás se hará realidad.

Tú… cada noche en tus sueños
soñaras que me querías
y recordarás la tarde que tu boca me besó
y te llamarás cobarde, como te lo llamo yo
y verás sueña que sueña,
que me morí siendo chico
que se llevo una cigüeña mi corazón en el pico
Pensarás: no es cierto nada
yo sé que lo estoy soñando
pero allá en la madrugada
te despertarás llorando
Por el que no es
tu marido… ni tu novio… ni tu amante…
sino el que más te ha querido
Y con eso tengo bastante…

Pero la vida sigue, yo estoy más que satisfecha de lo que me ha tocado vivir y sentir, aunque reconozco que sigues siendo una materia pendiente en mi historial.
Me consuelo al pensar que tengo amores por delante que me reconfortarán, que mi libertad para escoger sigue intacta y que sólo yo decidiré cuando ejercerla con convicción, mientras tú seguirás eligiendo un confinamiento que te está secando el alma.
Y termino con una frase que te he dedicado por años y que, quizás suena a maldición, pero realmente es la triste conclusión de nuestra historia:
“No te mando más castigo que estar durmiendo con otra y estar soñando conmigo…”

Te encontré

Muchas veces me han preguntado cómo debe ser el hombre que estoy esperando. Antes podía perderme en descripciones de ensueño: alto, inteligente, sensible, bello… Hoy no tengo nada que describir, es suficiente mencionar tu nombre.

Hacía tiempo que no veía a alguien con ojos de admiración. Hoy cada vez que estoy cerca de ti, tengo que controlar mi propia felicidad para no parecer tonta sonriéndole a todo el mundo.

Hacía tiempo que no le tocaba el cabello a alguien con el deseo de quedarme a vivir en él para siempre. En tus ojos, en tu sonrisa hermosa, en tus manos masculinas. En tus ganas de luchar y de seguir escalando, que se parecen tanto a las mías.

Escucho esa voz suavecita que dan ganas de soñar y pienso qué lindo sería oirte decir que quieres quedarte. Serías recibido con honores.

Te encontré, por fin. La pregunta ahora es si tú me encontrarás a mí…