Depresión Post-Parto

Siempre me pasa esto, no sé por qué.

Cada vez que tengo una temporada fuerte de trabajo, aquello que yo llamo «picos de esclavitud», tengo los chorros de adrenalina corriendo por la venas haciéndome sentir intensamente viva.

Con el viaje a Bolivia, donde estuve en tres ciudades, tomé 6 aviones, me quedé en cuatro hoteles diferentes y trabajé sin parar día y noche, me pasó lo mismo.

Pero al terminar ese ritmo, al volver a mi espacio y tener días tranquilos (a los que se suman las vacaciones del postgrado), no puedo evitar sentirme aburrida y más aún… deprimida.

Sí, ya sé, soy una workaholic.  Pero realmente quisiera saber qué maldita hormona se me pone triste cuando debería estar contenta descansando…

En fin… mejor no analizarlo mucho. Sigo escuchando canciones tristes y mandando mariqueritas en Facebook.

¿Hasta cuando?

Llegó el día.

Yo sabía que algún día me iba a cansar de tu color gris. Por fin llegó el momento en que tus labios me parecen aburridos y estar contigo me resulta una pérdida de tiempo.

Llegó el día en que por fin reconozco que he estado  más enamorada del mito que he construido de ti que de ti mismo. Qué porquería esta tendencia mía a la idealización. ¿Por qué tengo siempre que verte como un Dios? Hace tiempo que dejaste de serlo.

En otros tiempos me he obligado a mí misma a olvidarte… sin éxito.  Pero ahora, por una cuestión de desgaste natural, mi cuerpo bosteza cuando te ve… Y mi corazón prefiere acostarse a dormir que seguir latiendo por ti.

Ya está bueno. Hay muchas cosas interesantes en la vida para seguir enganchada a un vagón atascado en los rieles de la repetición. Qué fastidio  me das.

Adios