Pobre ilusa…

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¿Y ahora yo qué hago? ¿Dónde pongo esta adoración que se anidó en mi cuerpo y que tenía ganas de entregarte todo? ¿Dónde se arroja la ilusión que uno ha acumulado durante meses y que ahora se ha quedado sin su objeto de amor?

Y aquí estoy, triste, incrédula, sin ganas de levantar la cabeza, parada en el medio de la calle… no pasa ni siquiera un carro que toque corneta y me saque de este mundo paralelo en el que he caído.

Yo definitivamente me enamoré de tí, no tengo ni siquiera las fuerzas para negarlo. Habías llenado todos los requisitos, ante mis ojos eras absolutamente perfecto. Un día hasta me atreví a decirte que eras la respuesta de los ángeles a mi búsqueda. Y realmente lo eras…

Podíamos hablar sin cansarnos, podíamos bailar y ser los más bellos de la pista. Me encantaba tu inteligencia, tu ropa, tu manera de moverte, tus metas a largo plazo, tu sensibilidad.
Yo soñaba con presentarte a mi familia, con pasearnos del brazo por todas partes, ardía en ganas de gritarle al mundo que finalmente Dios se había acordado de esta pobre infiel y le había enviado un compañero maravilloso…

Realmente anhelaba eso. Lo anhelé primero con alguien anónimo y cuando te conocí… le pusiste rostro y nombre a ese sueño.

Lo peor es tener esta sensación de ser la mujer más estúpida de la tierra. Lo peor es darse cuenta de que todos lo sabían y la única ciega que quería darle un mordisco a tu masculinidad era yo.
Yo, la que creía que nuestras charlas significaban algo, que mi “poder conquistador” estaba ganando terreno en tu corazón y que mis historias de amor quizás podían hacerte notar que me moría por besarte. Pobre ilusa…

Hoy me he declarado totalmente incompetente en materia de hombres. No los conozco, no sé descifrarlos, no sé quienes son… no quiero acercarme a ninguno.

Y aunque me lo dijiste en la cara me costó creerlo… no sabía si mi interpretación era errada, no podía detenerme a pensar que me había estrellado de frente contra la pared de la realidad. Tuve que describirle nuestra franca conversación a mi hermana y escuchar de ella el veredicto: “Sí, Andre, es homosexual…”

Buenos Aires… desde el cielo

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Hoy escribo esto a manera de pellizco, a ver si es cierto lo que estoy viviendo…

Desde ese momento mágico en el que me enamoré de un argentino con sólo escuchar su acento irresistible, estoy soñando con ir a Buenos Aires. Y aquí voy, montada en un avión de Aerolíneas Argentinas a 10.000 metros de altura, escuchando un tango de Osvaldo Pugliese que ya huele a Plaza de Mayo, a Corrientes, a Puerto Madero y a todos esos rincones que la gente me ha mencionado con adoración y que yo hasta ahora sólo había podido anhelar.

No sé si estos pocos días alcanzarán para todo el plan de ruta que llevo en mi cabeza, haría falta quizás detenerse a vivir un año en Buenos Aires a ver si consigo revolverle las calles y pulsarle la vida como yo quisiera.

Mis amigos argentinos, los más bellos del mundo, pacientemente se han dedicado a organizarme el itinerario para darle un canal apropiado a mis deseos y evitar que me pierda entre los ardores de querer conocerlo todo en segundos.

Y al parecer, la última en viajar a Argentina soy yo… pues todo el mundo tiene un cuento de Buenos Aires: que si la carne es maravillosamente suave, que Recoleta es lo más chic de Latinoamérica, que no hay botas de cuero como las del sur y que los hombres porteños son los más apetecibles del continente pues combinan atractivo con dulzura e inteligencia. Algunas hasta me han pedido que les lleve uno…

Cada hora de vuelo se me antoja feliz mientras me acerque un poquito más al Gran País del Sur; sentada aquí en mi puesto 23C, entre historias románticas, voces melodiosas y un bandoneón de fondo, la sonrisa no me cabe en el rostro.

No he pisado Argentina y ya me encanta.