Si yo fuera hombre y él mujer…

Una vez más siento que soy la protagonista de la película Amélie.

Esta tarde pasaron todas esas cosas que se ven en las películas románticas de domingo por la tarde: me eché el vaso de refresco encima, fingí revisar los mensajes del celular mientras lo veía de reojo y sí, creo que también salieron estrellitas de alguna parte mientras lo escuchaba hablar.

De alguna forma, empecé a describir al hombre con el que quisiera compartir una vida en pareja, aquél con quien podría formar un equipo enamorado luchando en conjunto. Y mira como son las palabras que uno no piensa, que al final dicen exactamente lo que se está pensando: empecé a describirlo a él. A él, que estaba enfrente, escuchando y asintiendo. Identificándose, seguramente, pero sin decir ni pío.

Si yo fuera hombre y él mujer, sin duda le habría traído un anillo de diamantes y torpemente se lo habría puesto en el dedo, para hacerle llorar de emoción y arrancarle un sí comprometido. Creo que es la única vez en la vida que esta idea me ha pasado por la cabeza, la única vez que he querido proponerle matrimonio a alguien. Sin haberle dado nunca un beso, sin haber compartido con él más que un par de horas de calidad. Sin conocer a su familia, sin saber si le huelen mal los pies, o si deja pelos en el jabón, o si es buen amante o un machista aburrido.

No me importa un carajo. Si yo fuera hombre, me habría arrodillado y le habría pedido, besándole la mano, que se casara conmigo.
Si yo fuera hombre y él mujer, al ver mi anillo pegaría un grito, me abrazaría y se casaría conmigo mañana. Pero siendo al revés, lo más probable es que me tomara por loca. Yo no sería una chica perdidamente enamorada, no, sería simplemente “otra mujer desesperada” que está agotando todos los recursos. Qué injusta es la vida.

Y como siempre, él tenía algo que hacer: una cena, una tía, una excusa para salir corriendo y no darme mucho tiempo de hablar, no fuera a ser que se me aflojaran de verdad las tuercas del cerebro y le dijera que es el único hombre con quien yo quisiera intentarlo.
Ya él lo sabe, pero no me deja decirlo. Le da miedo darse por enterado. Y a mí me da miedo darme por estúpida, así que nos quedamos callados los dos.

Finalmente, nos despedimos. Y sinceramente, siento alivio. Ya no tengo que arrodillarme ni entregar anillos ni decir ridiculeces en nombre del amor. Sólo hay un pequeño problema: mi conciencia me está cayendo a golpes al repetirme “¿Y por qué COÑOOOOOO no le dijiste nada, cobarde?”

Salgo a caminar por las calles, a ver tiendas, a respirar en paz, a ver si el nudo de tristeza que tengo en la garganta se me baja al estómago y en vez de llorar, me da por hacer pipí. Esa sería una forma original de llorar en privado y sacarme toda la tristeza en una sentada. Pero no, ya siento que se me desbordan los pesares por la nariz, que se me hace una lagunita en los ojos.

Cual damisela de telenovela, con el “te quiero” atravesado en los pulmones y llorando frente a una zapatería con el maquillaje chorreado, me doy cuenta de algo: no habría podido entregarle un anillo de compromiso, porque jamás había sido tan condenadamente MUJER en toda mi vida.