Control Freak

Aquí en este país donde estoy ahora tienen esa curiosa expresión que siempre me ha parecido interesante: Control Freak. Podría traducirse como “Alguien que no soporta no tener el control de todo” o quizás “Loco por el control”… o en mi caso, loca por controlarlo todo y si no lo controlo todo, más loca aún.

Esta expresión me viene a la cabeza porque hacía tiempo que no me sentía tan derrotada por no tener el absoluto control de mi vida. Del lado profesional, no hay problema, brillar es mi especialidad. Del lado personal, perder la perspectiva es mi norte (¿y dónde queda el norte?).

Sí, soy una control freak. Vaya que lo soy. No soporto la idea de no poder tener control absoluto de lo que me afecta directamente… y justamente en esa sección de la vida entra él. Él que me da un beso perfecto y luego desaparece. Él que me hace reír como no reía en los últimos seis meses y luego me deja esta cara de desconcierto. Él que me abraza y me hace ver las cosas absolutamente claras, para luego alejarse y darle un nuevo nivel a la palabra confusión.

Si fuese una cuestión de trabajo, de estudios, de realización… me quedaría a dar la batalla. Me quedaría a poner todas mis energías y lograr el objetivo, porque tengo absoluta confianza en el único soldado que no me va a fallar nunca: yo misma.

Pero quedarse en una batalla de romance, donde las cosas no dependen sólo de mí sino de alguien más, es demasiada incertidumbre. Es poner el cien por ciento de mis fuerzas y aún así, saber que sólo voy a lograr el cincuenta por ciento de lo requerido. La otra mitad depende de una segunda persona y yo no puedo sentarme a esperar que ponga todo el empeño que estoy poniendo yo. No tengo tiempo ni estómago para poner mi felicidad en sus manos.

Yo me retiro. Es lo único que puedo hacer, lo único que sé hacer en estos casos.
Gracias por todo.

La costra

Mi amiga María me lo dijo una vez: “A ti se te va a hacer una costra en el corazón que te va a impedir sentir de nuevo”.

En ese momento me pareció simplemente que estaba exagerando, que quería arrancarme mi recién estrenado espíritu de liberación y encadenarme sumisamente a los vaivenes del amor verdadero.  Imposible por aquel momento.

“Aunque se me haga una costra, yo en el amor no creo más. Me voy a dedicar a no tener compromiso con nadie, que se ve más interesante” – respondí desafiante, antipática.

Pero María tenía razón. Vaya, qué clase de profecía. Qué estilo para echarme encima una maldición que yo sólo puedo reconocer ahora, cinco años después.

Antes de hablar con María esa noche, yo ya había llorado bastante aquel huracán de sentimientos que se había llevado todo por delante. Y más envalentonada que segura,  decidí que a partir del momento en que dejara de gotearme la nariz, me dedicaría a repartir besos y a conocer camas ajenas, sin meter jamás al corazón en la ecuación.

No fue difícil, siempre había alguien alrededor.  Siempre alguien dispuesto, siempre alguien diferente.

Pero hoy, cinco años después, me toco el pecho y ciertamente… se siente algo duro. Me doy cuenta de que  no me importa regar besos por el mundo y levantarme con la conciencia tranquila, que ya no me interesa la dulzura de “la mañana siguiente”, o peor aún,  me da igual si llamó o no llamó.

Creo que María tenía razón: la costra se me ha ido aferrando  al corazón durante este tiempo y no se ve a nadie en el horizonte que merezca arrancarla.

Y cada día se hace más grande…