El hombre incorrecto

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Amanda trata de olvidarse de su perfeccionismo torturador, pero no puede evitar hacerle una radiografía a su amante de turno y escribir una lista de defectos: habla mal, escribe peor, no sabe de vinos y lleva zapatos baratos.
En pocas palabras, este nuevo hombre es uno de esos amantes de closet que Amanda jamás le presentará a sus amigas y nunca, óigase bien, NUNCA traerá a la casa de sus padres.

Pero Amanda, en secreto, guarda esa terrible lista en el bolsillo escondido de su cartera y se encierra en un hotel a disfrutar de las mieles de la compañía. Mala quizás, pero compañía al fin.

Este hombre que tiene mala dicción le repite todos los días que la quiere mucho; con su escritura rudimentaria le da los buenos días a las 6 de la mañana, justo cuando sabe que Amanda estará despierta. Y a pesar de que no tiene el estilo de cóctel que ella desearía, le hace el amor con una entrega deliciosa, que hace quedar en ridículo a varios hombres con postgrado que han pasado por su cama.

Amanda se empeña en conservar la cabeza en su sitio, diciéndose que es incapaz de enamorarse de este individuo “de baja clase”, pero se escapa toda la tarde de la oficina para abrazarlo como novia soñadora.
En la noche, asiste a una conferencia con los mejores empresarios del país y se da cuenta de que nunca podrá traer a ese nuevo personaje a un evento como ese. Pero en dos minutos, pierde el hilo de la reunión porque todavía tiene el maravilloso olor de él en las manos.

Amanda se cuestiona, se censura, se autoflagela con corrientazos de conciencia. Se pregunta si está tan rematadamente sola que ha llegado al punto de enredarse con cualquiera. Quizás.

No quiere pensar otra vez en aquel modelo de hombre ideal, porque ya está más que comprobado que no existe, pero se pregunta si al menos hay alguien con quien pudiera caminar de la mano sin vergüenza. Alguien con quien poder hablar del Museo de Arte Moderno de Nueva York o de la próxima cosecha de Beaujolais, sin sentirse una ridícula aristócrata.

Lo único que puede hacer Amanda, por ahora, es consolarse con una frase burlesca que sus amigas suelen decir en estas ocasiones: “Disfruta del hombre incorrecto hasta que llegue el correcto”.