Yo no hablo en semanas

Analía tiene una fijación extrema por la lingüística y siempre se da cuenta de los detalles.
Observa calladita, por ejemplo, que los casados hablan siempre en plural: “Tenemos una casa, nuestro plan es irnos a Madrid en vacaciones”; pero quizás lo que más le llama la atención es que aquellos que esperan hijos (hombres y mujeres) hablan en términos de semanas.

Es como un interruptor que enciende de repente una nueva forma de ver la vida. Ya no son años ni meses, la vida comienza a entenderse en semanas.
Analía tiene que sacar cuentas mentalmente para entender cuando sus amigas le hablan de la formación de las pestañas del feto en la semana veinte y esa calculadora cerebral la lleva inevitablemente a su propia calculadora biológica.

“Treinta y cuatro años y nunca he hablado en semanas” – piensa Analía. Y no lo dice como un lamento, sino como un compromiso que no ha cumplido, un ítem en esa lista de cosas por hacer que algún día se harán. Una cita de la que siempre ha huido, incluso cuando estaba casada y entregada a las mieles del amor.
El porqué tiene un ingrediente absolutamente simple: Miedo. Miedos de todos los colores, de todos los pelajes. Miedo a no saber qué hacer con un hijo, a no tener cómo mantenerlo, a que nazca con algún defecto, con algún retraso. Miedo a no ser buena madre, a no igualar a la propia madre que lo ha hecho siempre tan maravillosamente bien, tan insuperablemente bien. Miedo a no tener tiempo, a no saber cambiar pañales ni hacer comida a la hora, miedo a que crezca y se convierta en un adolescente rebelde de esos que odian a sus madres.
Pero sobre todo, miedo a abandonar su vida propia para pasar a ser “la mamá de… ”.
Miedo a estancarse, a renunciar a los sueños para ocuparse de otro ser humano. Miedo a perderse como mujer, como profesional, como persona.
Este último es el verdadero miedo de Analía.

Alguien con sabiduría de calle y de casa le dijo una vez que, en el momento indicado, el cuerpo iba a pedirle que tuviera un hijo, que esa necesidad iba a venir. Simple y clara.
Pero curiosamente, a Analía no le preocupa la llegada de esa sentencia, le preocupa sentarse a esperarla y no verla aparecer. Nunca ha sentido el deseo profundo de tener un bebé. Sus planes abarcan desde un doctorado en Nueva York hasta un viaje con la ONU a un campamento de refugiados; desde la escritura de un libro hasta un apartamento de ejecutiva con decorado de revista. Pero nunca un hijo.

El cuerpo no termina de pedirle que arrope a un bebé con una cobija tejida por la abuela ni tampoco que le dé compota haciéndole el avioncito.
Analía se mira en el espejo y dice que no tiene instinto maternal. A veces se convence de que hay mujeres que nacen para ser madres y otras no. “Cosas de estadísticas, no tengo la culpa” le repite a la almohada.
Analía mira a su hermana Inés atender a sus sobrinos y cree que es la mejor mamá del mundo. “Quizás ella sacó toda la dulzura de madre que tocaba en la familia…”

Analía no está dispuesta a dejar de viajar ni parar de ser la profesional estrella, es verdad. Pero reconoce que el tiempo no es infinito y en el caso de la maternidad tampoco es relativo. Tiene fecha de vencimiento y ya. Su calculadora biológica también le suelta que si tiene un bebé rápido, cuando ese hijo tenga quince años, ella tendrá cincuenta. Cada año que se tarde la hará más abuela de sus propios hijos.
Duro cálculo ese. Pega en el alma.

A la retahíla de miedos, se suma otro más intenso: ¿Y si su cuerpo le pide un hijo cuando ya sea muy tarde? ¿Y si se decide a tenerlo cuando la fecha de vencimiento esté por cumplirse?
Analía se aturde en números y temores que no la dejan dormir. Da vueltas en la cama sin saber si quiere hablar en semanas o seguir contando años.

Mi propia cobija

Es impresionante la cantidad de basura mental que aprendemos a lo largo de los años. Y lamento decir que mucha de esa basura nos viene de nuestros propios padres.

Esta vez quiero hablar de la parte económica. Mi papá es una de esas personas que siempre ha creido que hay que comportarse como si fuéramos pobres: hay que cuidar las cosas para que nos duren toda la vida porque no hay para comprar más, hay que recortar todos los gastos posibles, cualquier salida es un lujo, la ropa nueva es algo que compramos cada 2 años, no se puede adquirir cosas caras porque eso es ser ostentoso. En fin creo que mi papá es un socialista, pero no del siglo XXI, sino de la prehistoria.

Tiene una frase sagrada que le encanta repetir y cuando lo hace, me provoca ponerle un sartén por la cabeza: «No hay que actuar con escasez de criterio sino con criterio de escasez».

Puffffffffffff… me cago en la escasez.

Siempre trato de evitar a la gente que dice «Ay es que estamos mal… ay, es que con este gobierno uno no puede surgir, la vaina está jodida, no se puede…» Vade retro!!!! Sigo pensando que mientras uno más se enfoque en la escasez y en lo difícil de la situación, más jodido estará.

Y ojo, yo he tenido período bien malos. Pero nunca los he pregonado al mundo ni me he sentado a lamentarme, ni mucho menos me he acostumbrado a vivir en escasez. Siempre he entendido que son períodos TRANSITORIOS que se acaban tan pronto yo entienda que debo moverme rápido para que eso cambie.

Hay un amigo mío que dice que de vez en cuando él se da baños de riqueza. Se va a un concesionario Audi o Mercedes y hace todo el procedimiento como si fuera a comprar un carro: lo prueba, lo huele, lo mira, pide presupuesto y hasta promete volver. Puede parecer tonto, pero él es una de las personas más prósperas que conozco.

En contraposición a mi padre, está la actitud de mi mamá, gracias a Dios. Ella es de las que dicen «Claro que se puede, ya resolveremos». Nos ha animado siempre (y nos ha patrocinado también) a salir de Venezuela para ver mundo, a conocer, a aprender. Nos celebra cuando vamos adquiriendo cosas que nos hacen crecer y no le perturba cenar en un buen resturante si eso nos hace sentir felices. Todo esto, por supuesto, sin caer en el despilfarro que es otro capítulo muy diferente.

Claro, también mi madre se apoya en su fe. En los malos momentos, siempre es ella la que repite «Dios proveerá». Y siempre ha sido así, nunca ha faltado nada.

Por eso no me dejo influir por actitudes destructivas o por comentarios que pudieran crearme una atmósfera desfavorable. Creo que hay que confiar en la providencia, trabajar y dejarse de malas energías.

A la consabida frase de «Arrópate hasta donde te alcance la cobija» me atrevo a contestar con firmeza: Mi cobija es del tamaño que me da la gana.

El hermano dañino

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Conozco de cerca a dos hermanos que, a pesar de tener la misma sangre en las venas, son absolutamente diferentes. Diego y Daniel tienen rasgos similares pero cada uno ve la vida desde su óptica particular.

Yo me atrevería a decir que la de Daniel es cristalina, sólo ve hacia adelante y se contenta con cosas sencillas como un amanecer naranja o una canción de amor. Diego es lo opuesto: le rinde culto a la ira, su mejor arma es la discusión a gritos y nunca sonríe en las fotos.

Desde lejos, parecen dos hermanos normales… pero yo me he detenido a verlos con lupa.

Diego se escuda en un supuesto amor que nunca ha sido real. Todo lo contrario. Está lleno de rabia, explota de impotencia, se queda encerrado en un solo sentimiento sucio: su enorme envidia. Diego quiere la vida de su hermano, quiere deslastrarse del desorden que él mismo ha causado en su andar pero no consigue enderezar el camino. Para él, es más fácil mirar fijamente a quien comparte sus propios genes y arrebatarle hasta la respiración.

Diego se llena de codicia y no le importa destrozarle el destino a su sangre. Yo aún no sé si lo hace con la premeditación de quien disfruta las consecuencias o si actúa cegado por la sombra podrida que lleva dentro.

Lo peor es que nadie parece darse cuenta de esta realidad. ¿Sólo yo puedo ver lo que está sucediendo? No me canso de gritar a todos que Diego está clavando una espina mortal en el corazón de Daniel… pero están sordos, prefieren creer en un amor fraternal que no existe.

Hoy estoy segura de que la envidia y los malos sentimientos terminan por destruir a cualquiera: Daniel poco a poco se ha quedado sin nada, ha perdido su empleo, ha caído enfermo y el amor lo ha abandonado a todos los niveles. Ahora camina con dificultad y se siente deprimido como nunca antes. Alguien que brillaba con una luz incandescente ahora parece un fantasma sin rumbo.

Que me llamen loca pero estoy segura de que, de alguna forma, Diego le ha succionado la energía a su hermano y lo que ha dejado es un despojo. Ese aliento de vida robado se lo ha tragado entero y le ha servido para amasar su sueño: una vida ordenada, con solidez y compañía. Que me llamen loca, repito, pero esto no es fruto de un esfuerzo genuino sino de una fijación bizarra en la vida del otro.

Diego es un hermano dañino y Daniel sigue creyendo que lo ama. No sé como decirle que se aleje de él y corra hacia un nuevo aire. Que se levante un día de la cama y sin decir nada, simplemente desaparezca. Abre la puerta, corre, huye… sálvate.

Pero nadie me escucha, nadie me cree…

Feliz Día del "Padre"

No sé por donde empezar a agradecerte. Has sido una persona que, además de llenarse de cariño, ha tenido la entereza de echarse tres hijos al hombro y hacer de cada uno un profesional motivado, con empuje para la calle y para la vida.

Ahora que tengo mi propia casa y debo velar por mi propia manutención, entiendo cuán difícil es esforzarse por crecer y asegurar su bienestar.
Has combinado trabajo con amor y esa fórmula no la prepara cualquiera. Debo reconocer también que tus reprimendas nos han llevado por el camino correcto, aunque sea ahora cuando nos demos cuenta de ello.

Hoy, mis hermanos y yo te regalamos un abrazo inmenso para mostrarte la enorme admiración que sentimos por ti y para reunir en nuestros brazos el cariño de una vida entera a tu lado.
Sé que tu verdadero día ya pasó, pero como ya es costumbre, quiero decirte otra vez este año: Felíz día del “Padre”, mamá.
TQM

Mi reino por una bombona de gas!!!

Ya mi mamá lo había advertido hace rato… «Se va a acabar la segunda bombona de gas y no hemos encontrado por ninguna parte, nos vamos a quedar sin cocina».
Y todos respondíamos «Sí, mamáaa, ajá, mamáaaaa».

No nos habíamos dado cuenta realmente de la gravedad del asunto hasta que salimos a buscar gas doméstico con formalidad, todo esto, moviéndonos lo más rápido posible, evitando a toda costa la hora cero, es decir, antes de que se terminara el segundo cilindro.
Como en una misión secreta, salimos mis hermanos y yo (de lo más obedientes, vale decir) a buscar una preciada bombona en todos los sitios conocidos de Cabudare y Barquisimeto, pero la gente siempre nos respondía «¿Gas? Nooooo, hija, eso hace tiempo que no se ve por aquí. De todos modos, pregunte en la esquina a ver qué le dicen…»
Siempre volvíamos a casa cabizbajos y derrotados.
Y la voz seguía retumbando por toda la casa: «Se va a acabar el gas, se los estoy diciendo…»

Hoy llegó el momento que todos temíamos.
Mi señora madre, monta la olla del café en la hornilla y cuando se dispone a prenderla… !pega el grito! «Coño, yo sabía, se acabó el gas!!!»
De más está decir que salimos todos con nuestro uniforme de campaña, con las botas puestas, sin otro objetivo entre ceja y ceja que conseguir un cilindro de gas a toda costa.
«Y si no vienen con gas, no sé donde irán a dormir hoy, que se los dije jhjhgjhgjhddhdh… que buscaran con tiempo… jhhghghg .. hasta cuando… jhkhduyiejkerjhkyrueyrkjh…»

Primera zona-objetivo: El centro de Barquisimeto.
Lo primero que notamos es que generalmente las bombonas de gas se venden en bodegas y casitas humildes, así que hoy visitamos varias. Nos hicimos amigos de Doña Eulalia, Juancho, María Mercé, Mamá Dolores, Yoldan Jesús y Yuleidys de la Caridad, todos dueños o familiares de estos pintorescos sitios que en temporadas de abundancia venden gas, pero que hoy nos miraban como si preguntáramos por la piedra filosofal.
Bombonas encontradas: cero.

Segunda zona-objetivo: Cabudare (again)
Luego de intentar en distintas bodeguitas también, decidimos hacer el recorrido de las licorerías. Si uno se pone a pensar, es un poco raro asociar licores con gas doméstico, pero en fin, este país es así.
Fuimos a «Bigote Blanco», «Mi segunda casa», «La friita» y otros antros más que no quiero recordar.
Nos invitaron varias cervezas, una sangría, nos ofrecieron hielo y hasta Cheese Tris.
Optamos sólo por un refresco, gracias.
A todas estas, ya estaba haciendo calor y el hambre comenzaba a acechar.
Nuestra madre seguía mandando mensajes a los celulares: «Qué pasó? Ya quiero empezar a hacer el almuerzo y nada que llegan. Si no consiguen gas, traen un pollo en brasa»
Bombonas encontradas: cero.

Tercera zona-objetivo: El Manzano (poblado cercano a Barquisimeto, situado en las montañas)
No sé por qué me pareció de repente (quizás fue una luz que mandó Dios) que en un sitio tan alejado como El Manzano a lo mejor podía encontrarse una señora anciana que tenía una mina de oro en gas y ni siquiera se había dado cuenta… era quizás una ilusión pero nada perdíamos con intentar.
Subiendo y subiendo por la montaña, íbamos preguntando como desesperados «Señora, ¿usted no sabe dónde podemos conseguir gas?? tenemos hambre y estamos cansados, sólo una bombona de gas nos devolvería la sonrisa…»
La gente se reía, no entiendo por qué.
Al final, luego de subir, bajar, cruzar a la derecha, luego a la izquierda, pasar un perro con tres patas que está en la esquina y llegar a una calle ciega, nos encontramos con un portón rojo, bóveda dorada a nuestros ojos, puesto que allí se encontraba nuestro tesoro: el famoso gas.

«Sí, ahí la señora Marlenita tiene varias bombonas, ajá, síiii…» nos dice un nativo manzanero.
«Y no nos pueden vender dos, ¿por favor? es que estamos cansados, tenemos hambre.. bla, bla…»
«Ay, hija, no puedo, es que ya son las 12 y media… véngase como a las 3, que es cuando abrimos otra vez».
«Pero, amigo, disculpe, nosotros venimos de Cabudare, ¿no podemos hacer una excepción?»
«No, la señora Marlenita se pone brava, mejor véngase más tarde, como a las 3».

Ni modo. Fracasados pero con la llama de la esperanza aún viva, regresamos a nuestro hogar, no sin antes comprar dos pollos en brasa y ponerlos en las manos de nuestra hambrienta madre.
Puntualísimos a las 2 y 45 de la tarde estábamos mi hermano y yo al pie del portón rojo donde se nos había prometido el botín.
Cuando finalmente tuvimos ese par de bombonas en nuestro poder, nos volvió el color al rostro y como dije anteriomente, la sonrisa.

Tuvimos pensamientos corruptos también, no crean… «Epa, esta gente como que no sabe que hay escasez de gas.. ¿Y si compramos varias bombonas y las vendemos en Barquisimeto a 50 mil bolos? Hacemos unos realitos!!!»
Pero al final desistimos porque nos pareció tomar ventaja de la desesperación de la gente (ñaca, ñaca).

De vuelta a casa OTRA VEZ (sin contar que hoy no trabajé casi nada), recordé que justamente hoy se estaba desarrollando la Cumbre Energética de Sudamérica en la Isla de Margarita, cuyo principal punto de discusión es la integración de la Organización de Países Productores y Exportadores de Gas de Suramérica- OPPEGASUR.
Me llama poderosamente la atención que se señale a Venezuela como uno de los países con mayor producción y exportación de gas natural, lo cual en teoría nos debe hacer sentir muy orgullosos.
Sin embargo, me hubiese gustado enviar un video de mi odisea de hoy y preguntarle al presidente Chávez por qué carajo si somos tan grandes productores de gas, no consigo yo una piche bombona en toda la ciudad.
No entiendo.

Creo recordar que era un día domingo cuando mis hermanos, mi papá y yo fuimos al río a disfrutar del agua fría y el sol caliente. Mi mamá, como ella misma dice, siempre ha sido “un gato para el agua”, de manera que prefirió quedarse en casa y quizás, disfrutar por fin de un espacio raramente solitario.

Había mucha gente, todos conocidos, puesto que vivíamos en un sitio pequeño donde casi todos éramos amigos. Yo tenía unos nueve años, mi hermana tenía cuatro y mi hermano, sólo tres.

Teníamos una amiguita también de cuatro años a la que le gustaba jugar conmigo, se subía a mi espalda y me hacía recorrer el río como llevándola en un propulsor. ¡Se divertía mucho! Y así se nos pasaba el tiempo chapoteando y buscando piedras…

En ese recorrido por la parte más profunda del río, que quizás me llegaba a la altura del pecho, íbamos caminando contentas cuando sentí que mis pies tropezaron con algo. Extraño, no era una piedra, era más bien blando…

Metí la cabeza en el agua para ver qué era… y pude distinguir entre el agua oscura un pedazo de tela azul. Incliné más la cabeza y luego de abrir bien los ojos, por fin lo vi con claridad: era mi hermano de tres años, desmayado en el fondo del río. La tela azul era el traje de baño pequeñito que mi mamá le había puesto esa mañana.

Recuerdo que no sentí miedo, al contrario… estaba como confundida, preguntándome “Pero bueno ¿y qué hace el bebé aquí?” y como una reacción natural, lo único que pude hacer fue estirar el brazo y tratar de sacarlo del agua.

Todos los padres que estaban pendientes de los niños creyeron enseguida que era yo quien me estaba ahogando, junto con la chiquita que estaba paseando conmigo, y en cuestión de segundos, unas cinco personas se lanzaron al agua.

Alguien agarró a la niña con desesperación y yo me liberé de la carga que tenía en la espalda, para bajar por fin a agarrar a mi hermano. Cuando salió del agua no se veía nada bien: estaba inconsciente, tenía la cara morada y estaba muy frío. Sólo entonces la gente comprendió lo que estaba sucediendo.

Alguien me lo quitó de las manos y lo llevó a la arena, tratando de hacer que reaccionara. Mi papá lo levantaba y lo agitaba, sin darse cuenta de que no iba a hacerlo volver en sí con tanta fuerza.

Una vecina, que el día anterior se había encontrado un manual de primeros auxilios mientras arreglaba un closet viejo, supo colocar a mi hermano en la posición correcta y darle respiración boca a boca hasta escuchar un sonido que nos devolvió el alma: una débil tosecita de bebé.
Mi hermanito estaba de vuelta.

Nunca me dio el crédito de haberlo salvado, el malagradecido ese… siempre decía que lo había salvado el Niño Jesús.
Pero aquí entre nosotros, cada vez que veo a mi hermano hecho un hombre fuerte, bello y saludable, sé que el Niño Jesús existe y le doy gracias por ayudarme a sacarlo del agua aquel domingo…

Esta es una respuesta al meme “5 cosas que no saben de mí”:
1.- Salvé a mi hermano.

La importancia de estar presente

No importa cuántas maromas haya hecho yo para llegar a aquel evento donde era madrina…. Al final, llegué tarde y no subí al escenario cuando dijeron mi nombre.
No importa cuánto haya soñado mi papá con bailar el vals con mi hermana en sus quince años… si al final no se preparó para venir a acompañarla.
No importa cuánto haya acelerado yo el carro para llegar a la boda de mi prima, si al final llegué sólo a la fiesta y no la vi entrando a la iglesia.
No importa qué tanto haya deseado yo ir a despedir a Patty al aeropuerto cuando se fue para Dinamarca … si al final el dichoso trabajo no me dio respiro para darle un abrazo.
Importa cuando entras en las fotos que se recordarán dentro de veinte años, cuando tu amigo te dice que está feliz porque viniste, cuando ayudas a que los nervios de un momento importante se calmen.
Importa cuando colaboras inflando los globos o cortando queso, cuando un amigo enfermito en su cama te ve llegar aunque no puedas hacer mucho, cuando vas a conocer el bebé recién nacido de alguien.
Importa cuando mi mamá dice «No te estoy preguntando si quieres ir al cumpleaños de la abuela, te estoy diciendo que VAMOS» y nos lleva a todos.
Ni siquiera hace falta hablar, ni ser el alma de la fiesta.
Lo importante es estar presente.

HOY MURIÓ MI ABUELO

Antes de empezar… debo aclarar que mi abuelo no murió hoy, sino hace año y medio… Sólo que sigo recordándolo todos los días.
Cuando por fin caí en tierra y me dí cuenta de que efectivamente, ya no estaba… quise escribirle una carta a Alexis Márquez Rodríguez, representante en Venezuela de la Real Academia de la Lengua Española (tamaño compromiso) y autor de la columna «Con la lengua» del diario El Nacional.
La envié y hasta donde sé, nunca la publicaron. No sé ni siquiera si la recibieron…
Bueno, siempre quise verla publicada así que … aquí va:

Don Alexis,

Hoy le escribo por primera vez para darle una mala noticia: uno de sus más fieles seguidores, mi abuelo, Ricardo Flores Cortez, ha muerto.
Le extrañará quizás que, aún sin conocernos personalmente, yo le haga saber de su desaparición. Pero lo cierto es que usted y él tenían mucho en común: un vocabulario impecable, unas ganas inmensas de enseñar y un sentimiento de compromiso profundo con el idioma.
Sí, él era también un acérrimo defensor del castellano. ¡Y pobre de aquel que en su presencia cometiera una falta!
Ahora me doy cuenta de la fuerza que eso ha tenido en mí. Lo supe hace poco, cuando me “prestó” la segunda edición del libro “Curso Práctico de Redacción” de Martín Vivaldi, un clásico, como usted bien sabrá, del estudio de mi carrera, Comunicación Social.

Un libro de páginas amarillentas que contrasta con la 36ª edición que portan mis compañeros, pero que encierra para mí más sabiduría del lenguaje que cualquier tomo nuevo.
Lo supe cuando nos asignaron la lectura de “La Comunicación Impresa” de Alexis Márquez Rodríguez y nadie sabía de quién se trataba. Yo casi podía escribir su biografía. Porque mi abuelo, religiosamente, compraba el diario El Nacional de los domingos y escudriñaba hasta la última letra de su columna, para compartir o bien, contradecir sus ideas.

El nombre “Alexis Márquez Rodríguez” era casi el de un amigo de la casa.
Con el abuelo descubrí también a Andrés Eloy Blanco, Ernesto Luis Rodríguez, García Lorca y un sinfín de poetas que recitábamos juntos desde que yo tenía ocho años. Era buen narrador de los cuentos de Antonio Arráiz y por si fuera poco, el más intenso lector de la vida de Bolívar que yo haya conocido.
Nos enseñó lo que era un anagrama, cuando transformaba las letras de nuestros nombres en frases elegantes. Y nos hacía pequeños exámenes para confirmar nuestro dominio del idioma… “A ver, mocita, ¿Por qué no se dice un vaso CON agua?”
Hablaba inglés, japonés y hace unos cinco años, comenzó a estudiar francés e italiano. Pero su tesoro favorito no era otro sino el español.
Algunos lo recordarán como ingeniero brillante (primera promoción de Ingenieros de Petróleo de la UCV), otros como embajador en su admirado Japón, otros más como compañero de juego y fanático del «truco, retruco y vale 9″…
Yo, lo recordaré como un apasionado hombre de letras y así lo aplaudirá siempre mi corazón.
Disculpe, Don Alexis, si se ha vuelto larga esta carta. Sólo quería decirle que uno de los más fervientes defensores del castellano, ha muerto.
Mi abuelo, Ricardo Flores Cortez.

Andreína Flores Zárraga

La mejor herencia fue recibir su colección de libros, más de mil ejemplares de todo tipo: La serie original de Andrés Bello (Gramática, Poesía y Filología), Obras completas de Bolívar, Obras de medicina del Dr. José María Vargas en su edición original, libros de arte, crónicas de la segunda guerra mundial y por supuesto, un diccionario Japonés-Español…
El abuelo, en este momento, debe estar jugando truco con Dios (sacándole toda la plata) y preguntándole en qué se inspiró para crear la lengua más bella del mundo: el español…
Ojalá le tengan paciencia…