No insistas en lo que hace daño

Aunque te duela el corazón, aunque el alma se te caiga a los pies… tú en el fondo tienes la suficiente entereza para saber que esto te hace daño. Sabes que no hay forma de engañarte a ti misma. Sabes que aunque los besos llenen espacios importantes, no hay labios que justifiquen burlar tus propios estándares.

Reconócete en el espejo y deja de mentirte.  Deja de mirar sus ojos verdes y mira los tuyos propios: oscuros, brillantes y sabios. Incapaces de devolverte un reflejo que no sea profundo y sincero.
Mírate los pies y date cuenta de que te llevan a donde tú ordenes. Te han traído hasta aquí, hasta donde orgullosamente estás parada. No te caigas, no te dejes tambalear. No te entregues por un plato de lentejas que ni siquiera está bien preparado.

Mira tus fotos, mira tu historia. Esa donde has sido feliz sintiéndote segura de ti misma y donde has respetado tus valores.  Y no me digas que es un sermón aburrido. Confiesa que no te sientes bien contigo misma y que incluso esta pálida reprimenda tiene razón.
Se trata de ver el peligro y alejarse de él.   No insistas. Ya tuviste tu cuota de adrenalina y la disfrutaste, pero tanto químico está intoxicándote el corazón.

Abre los brazos, cierra los ojos y llénate de fuerza para poner tu cabeza otra vez en su sitio. Recuerda que relajarse es fácil, dormirse en la piel de otro es cómodo…    pero la verdadera personalidad está en decir basta y volver al cauce, ese donde rigen tus esquemas y se respiran aires de bien.
No insistas. Hace daño.

Siempre 24

Ayer te vi de nuevo.
Cada encuentro sólo sirve para confirmar que ya no tenemos nada en común. Me cuesta un mundo creerlo, pero con cada palabra me convenzo más de que dejé de conocerte hace mucho tiempo.
Ya no tengo ni la más remota idea de quién eres, ni de cuáles son tus nuevos gustos o tus proyectos. Ahora te veo como una versión desgastada de ti mismo, me parece que alguien te ha robado la pasión y la sonrisa.

Pero no me voy a concentrar en decir antipatías, sólo vine a confesarte algo que quizás te sorprenda: sueño contigo a cada rato. Pero en mis sueños tienes la misma edad que tenías cuando te conocí, tienes ese aire fresco en el cabello y esa luz en los ojos que desbordaba energía y contagiaba a todo el mundo.
En ese sueño que se repite, bailamos juntos, nos besamos y hablamos de todo un poco. Nos conocemos bien, nos sentimos cerca. Nos amamos…

Y por eso, cada vez que te encuentro, el corazón se me arruga de ver todo lo que perdimos. No sé por qué nunca nos dimos cuenta de cuán especiales éramos juntos.
Me doy cuenta AHORA, que me cuesta tanto encontrar una segunda mitad y que probablemente no la encuentre nunca.
Por eso mi cabeza ha fabricado una forma de seguir viviendo ese episodio maravilloso donde tú tenías 24 años y yo creía ciegamente que pasaríamos 100 años más juntos. Y aunque envejezcas, aunque el cuerpo no te responda como quisieras, en mis sueños siempre serás ese muchacho adorable que me cantaba canciones en el parque.
Allí te quedaste, allí te guardé.

Un país llamado intimidad

Esta es una historia que nació por casualidad en un día de trabajo y se ha mantenido como niña caprichosa en el antojo de no morir, aunque para ello deba sacudirse la sensatez y asumir la locura peligrosa como fuente de alimento.

Antes de empezar, quiero oír a Silvio diciendo que ojalá pase algo que te borre de pronto, para no verte tanto, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones.
Parece entender bien mi situación, aunque nunca me haya conocido. Parece entender que necesito de un elemento externo que catalice el proceso de olvido porque yo, con mi débil voluntad, me tardaré años…

Un país tú, un país yo y un tercer país nuestro encuentro.

Durante meses me resistí con todas mis fuerzas a cometer un desatino de esa magnitud. ¿Tomar un avión y viajar doce horas para verte? Perdóname, una señorita con mi cerebro y mi status de ejecutiva internacional no se permite esos absurdos.

Un rayo de los dioses envió un trabajo importante que se metió en el medio de los dos y me salvó por un tiempo de lo que parecía un error. Ahora veo que el error más grande habría sido no ir a abrazarte aunque tuviera que llegar nadando a Australia.
Pero fíjate cómo es de alcahueta el destino que, en un pase de magia burocrática, quitó ese trabajo de mi vista y me dejó en el medio de la calle, desnuda de toda excusa para no ir a verte.
Y es que en verdad, con excusa o sin ella, yo sí quería ir a encontrarte. Yo sí quería entregarme a los absurdos y a los desatinos. Yo sí quería deslastrarme de mi cerebro internacional y pensar con la piel al menos por una vez.

“A la mierda todo” – dije por fin – valiente y decidida. Tomé mi pasaporte, mi boleto, unos cuantos dólares y viajé hasta la madrugada sólo para volver a olerte de cerca.

Miedo seguía habiendo, eso no lo puede negar ni Dios. Miedo a convivir con alguien durante una semana, cuando hacía varios años que no compartía mi cama por más de una noche. Miedo a que este viaje se convirtiera en un vulgar intercambio de fluidos y no en una historia de amor, como sigo soñando a pesar de tanto golpe.

Pero te juro, bello compañero, que en el momento en que por fin te abracé y sentí que eras de carne y hueso otra vez, que no de cables de Internet ni de imágenes de memoria idealizada; en ese preciso instante, el miedo se devolvió por donde vino.

Más que eso, hubo instantes de colección donde llegaste mucho más lejos de lo que esperaba.

Debo reconocer, por ejemplo, que me sorprendiste extendiendo tu mano hacia la mía en el teatro, ¿te acuerdas? Ese temor inicial de que este encuentro sería puramente carnal, desapareció completamente. Tu mano lo aplastó, lo deshizo en un solo toque.  Y sí,  yo me perdí un poco de la obra, sin lamentarlo siquiera, porque mi verdadero espectáculo estaba en nuestros dedos entrelazados. Vaya delicia…

Dame un respiro, voy a tomar un vaso de agua que la garganta se me seca de tanto recordarte. Mientras tanto, voy a hacer sonar a Frank pidiendo utopías. Se parece a mí cuando ruega, como algo vital, que lo salven de vez en cuando de su soledad.

Por supuesto, esta historia no estaría completa sin una oda a tus dones de amante.
¿Existe una escuela de placer en tu tierra? Esa sería la única explicación lógica a esa facilidad de encontrar puntos claves de orgasmos, a tu lengua divina que no se cansa hasta verme en el más primitivo de los arrebatos.
Yo sentí también el furor de recorrer todas tus esquinas, de besarte, de lamerte, de morderte sin prejuicios. De subirme a tu cintura sin control, como quien se lanza en paracaídas y se siente más vivo que nunca.
De tanta intensidad quedan algunas huellas que yo he bautizado como “mordiscos de sangre azul”, trazos de pasión que se han convertido en manchitas moradas, vecinas de un pubis más que satisfecho de tu visita. Un testimonio colorido de que embistes con fuerza, con masculinidad, con ardor. Lo dije aquella primera noche y lo repito hoy sin complejos: “¡Vaya intensidad, caballero!”

Pero más que sexo, en este viaje yo encontré la historia que estaba buscando y que lleva por título una sola palabra: intimidad. Cercanía aderezada con música, con películas tontas y profundas, con besos en la frente y un abrazo al dormir que se volvió costumbre en cuestión de horas. Intimidad fue sinónimo de un baño en pareja, de paseos por el parque, de relatos de amores pasados. Fue también la tranquilidad de tocarnos sin vergüenza, con la confianza de quien se sabe dueño del otro aunque sea por una temporada feliz.

Pero la realidad finalmente llegó. Cero sorpresas, ya sabíamos cómo iba a terminar este cuento.
Son las dos de la mañana de nuestra última noche y te pido acostarnos a dormir, pero tu respuesta me quita el sueño: “Tú vas a dormir mañana, yo voy a dormir mañana… pero ¿cuándo vamos a estar juntos otra vez?”.

Buena pregunta.

Salimos al frío de la madrugada, cada quien de regreso a su patria.
Y no digo nada para no echar a perder el momento. Tanto silencio me hace parecer tonta, aburrida. Pero créeme que quedarme callada es lo más inteligente que puedo hacer.
Hablarte a la cara cuando falta poco para que desparezcas sería como abrir la compuerta de una represa de emociones. Hablarte ahora, cuando todas mis fuerzas quisieran que a este estúpido avión se le dañaran los cuatro motores antes de salir, sería cubrirte de frases empalagosas.

Es más inteligente parecer silenciosamente tonta que lanzarme a preguntar cuándo se te volverá a ver, cuándo voy a poder acariciarte las manos con mi cremita de dormir o acercarme a tu cuello con olfateos de perro. También se me queda en el tintero otra pregunta: ¿Pensarás en mí cuando yo no esté?  No me atrevo a abrir la boca, no me queda más opción que imaginar que sí.

El llamado a abordar se tarda tanto que hace daño.
Mis pies quieren levantarse sin mirarte, entrar en el avión y no darle más largas a este adiós que ni siquiera será un adiós verdadero. Porque un adiós es un corte limpio, es decir “hasta aquí llegamos, vete”. Este no. Este será un hasta luego, un “hasta que se pueda otra vez” y si no se puede, será un adiós que fingirá que no le importa.

Finalmente, anuncian mi turno. Me das un beso tímido, como quien no quiere avergonzarse ante la mirada de extraños … y yo clavo mis labios en tu cuello como quien no se ha enterado de que hay alguien más en la sala.

Te vas. Volteas a verme más adelante, me lanzas un beso de nuevo… pero igual te vas.

Y en ese preciso instante en que te pierdes de vista, mis pestañas brillantes y mojaditas le gritan a todo el aeropuerto lo que yo no me atreví a decirte: que una parte de mí se había resistido estoicamente a enamorarse, mientras que la otra… ya se había enamorado hace rato.

Querido extranjero

Hombre playa

Te abrazo fuerte, demasiado fuerte, como quien no quiere dejarte ir, diciéndote a gritos que sentirte mío es una sensación sublime, aunque luego nos separemos para siempre…

Hoy escucho la música de tu país y recuerdo ese acento que a veces no entendía, pero que me resultaba divertido.
No bailas, pero te gusta verme bailar. Y a mí me gustan tus ojos, tus besos, tu sonrisa, tu fuerza. Me gusta tu vino tinto, tu manera tan artística de ver el mundo y tu frase directa, sin dudas: “Estoy loco por darte un beso”

¿Quién hubiera podido negarse?

Yo me alegro de haberte conocido tan encantador: Te burlas de mis ronquidos, mezclas chocolate con placeres de toda clase y clavas tus ojos en los míos sin pestañear, sin voltear, sin parar. De todos tus encantos, querido extranjero, me quedo con tu mirada para siempre.

Me hablas de tu bandera, de tu vieja capital… y yo sigo admirándote, como quien disfruta de tus imágenes verbales en un álbum infinito. Me llevo tus manos fuertes, tus mordiscos que casi me hacen sangrar, tu ímpetu, tu entrega.
Me llevo el recuerdo de tu intensidad… ¡vaya intensidad, caballero!!!

Aprendo de ti, te pregunto, te escucho… y te deseo. No hay mucho tiempo para saber quién eres, pero tenerte cerca ya es conocerte.
Sólo hay la ocasión de besarte por todas partes y olerte profundamente, para despedirme en la mañana llevándome tu aroma en las manos, ese que me regala tu presencia hasta llegar de nuevo a mi cama venezolana.

Ya estamos lejos, pero sigo mirando tu foto y, a fuerza de imaginación desbordada,  aún te toco, aún te respiro y – sin poder evitarlo-  aún te deseo…

Pobre ilusa…

desilusion

¿Y ahora yo qué hago? ¿Dónde pongo esta adoración que se anidó en mi cuerpo y que tenía ganas de entregarte todo? ¿Dónde se arroja la ilusión que uno ha acumulado durante meses y que ahora se ha quedado sin su objeto de amor?

Y aquí estoy, triste, incrédula, sin ganas de levantar la cabeza, parada en el medio de la calle… no pasa ni siquiera un carro que toque corneta y me saque de este mundo paralelo en el que he caído.

Yo definitivamente me enamoré de tí, no tengo ni siquiera las fuerzas para negarlo. Habías llenado todos los requisitos, ante mis ojos eras absolutamente perfecto. Un día hasta me atreví a decirte que eras la respuesta de los ángeles a mi búsqueda. Y realmente lo eras…

Podíamos hablar sin cansarnos, podíamos bailar y ser los más bellos de la pista. Me encantaba tu inteligencia, tu ropa, tu manera de moverte, tus metas a largo plazo, tu sensibilidad.
Yo soñaba con presentarte a mi familia, con pasearnos del brazo por todas partes, ardía en ganas de gritarle al mundo que finalmente Dios se había acordado de esta pobre infiel y le había enviado un compañero maravilloso…

Realmente anhelaba eso. Lo anhelé primero con alguien anónimo y cuando te conocí… le pusiste rostro y nombre a ese sueño.

Lo peor es tener esta sensación de ser la mujer más estúpida de la tierra. Lo peor es darse cuenta de que todos lo sabían y la única ciega que quería darle un mordisco a tu masculinidad era yo.
Yo, la que creía que nuestras charlas significaban algo, que mi “poder conquistador” estaba ganando terreno en tu corazón y que mis historias de amor quizás podían hacerte notar que me moría por besarte. Pobre ilusa…

Hoy me he declarado totalmente incompetente en materia de hombres. No los conozco, no sé descifrarlos, no sé quienes son… no quiero acercarme a ninguno.

Y aunque me lo dijiste en la cara me costó creerlo… no sabía si mi interpretación era errada, no podía detenerme a pensar que me había estrellado de frente contra la pared de la realidad. Tuve que describirle nuestra franca conversación a mi hermana y escuchar de ella el veredicto: “Sí, Andre, es homosexual…”

Buena compañía vs Mal sexo

¿Qué pasa cuando alguien es cariñoso, amable, romántico, atento… pero es un desastre en la cama?
Esa persona que no sabe hacerte el amor, que se pierde al tocar, que no tiene el mismo “swing” que has experimentado otras veces… es el mismo que a la mañana siguiente te prepara el desayuno con dedicación mientras tú todavía no te has levantado, es él quien te pregunta si estás bien y te protege entre sus brazos si el día amaneció frío.
Con él hablas, te entiendes, te identificas. Con él quieres seguir viéndote. Quieres besarle y tomarle de la mano para caminar por el parque.
Te inspira momentos lindos, llenos de cariño…
Pero la otra cara de la moneda te causa bostezos.
El deseo se te diluye cuando piensas que él no es el amante que esperas, el que deseas que te tome con pasión arrolladora y sepa exactamente qué es lo que te hace explotar.
No la pasas mal pero recuerdas que la has pasado mucho mejor.
Quizás habría sido mejor no tener tanta experiencia con la que compararlo… Too late.
A pesar de eso, quieres darle un voto de confianza que se ha ganado lentamente tratándote como a una princesa. Y te preguntas ¿puede ese poco encanto sexual compensarse con buena compañía?
¿Puede una mujer olvidarse de un sexo malo si a la mañana siguiente le traen el desayuno a la cama con una rosa y un beso?  ¿Sería eso engañarse a sí misma?
Algunos dirán “Bueno, en pareja puede aprenderse…”
Y sí, supongo que a eso hay que apostar, a conocerse el uno al otro aunque el proceso pueda ser un poco… eeeeh .. tedioso.
¿Puede el sexo malo convertirse en bueno? ¿… o está destinado de por vida a seguir siendo malo?
No lo sé.

Olores que matan…


Ya he dicho otras veces que de todas las experiencias sensoriales, la que me resulta más sensual es el olor. Y cada vez me convenzo más de que esa debilidad juega en mi contra.

Estoy en ese proceso de concentrarme en las cosas importantes y olvidarme de tus abrazos. Casi lo logro… pero por Dios que cuando me encuentro con tu olor divino en mis espacios, el proceso se revierte.

Te lo dije desde el primer día, sin ningún tipo de verguenza: «Hueles rico…» Pero no me imaginaba que eso iba a dejarme indefensa ante tu recuerdo más tarde. Mi abrigo amarillo todavía guarda tu esencia y ni siquiera abriendo las ventanas de mi carro toda la noche logro que se vaya tu olor.

Lo peor es que no metí toda la ropa en la lavadora… porque en el fondo, disfruto encontrar tu perfume escondido en un pliegue de tela.

Yo prometo olvidarte, está bien… pero por favor, llévate tu olor contigo. Me está matando.

Cobarde

Muchas he veces me he puesto a pensar en lo que habría pasado si te hubieses atrevido a escogerme.
Creo que tu vida sería mucho más divertida, más plena. Habríamos jugado en equipo de manera sincronizada y en complemento, no como te veo ahora… jugando solo.
Creo que te hubiese gustado que te diera mil besos antes de dormir y que camináramos de la mano por el parque. Casi puedo jurar que te sentirías enamorado, apasionado… vivo.
No como te veo ahora que buscas cualquier excusa para no volver a tu casa porque sabes que no encontrarás ahí lo que necesitas. Ahora te inventas amigos, responsabilidades, motivos de toda índole para pasar de largo a una realidad que te da pánico afrontar: que no eres feliz ni lo has sido en mucho tiempo.

Desde mi punto de vista la solución sería tan fácil como cerrar la puerta diciendo “Me voy” y utilizar la primera bocanada de aire fresco para recargar el ímpetu que siempre he admirado en ti.
Pero sé que no lo harás… sé que antes de tocar el pomo de la puerta, el miedo te congelaría las venas. Sé que te has convertido en esclavo de tu zona de confort… esa que te hará vivir por años bajo los cánones de tradición y que poco le importa matar tu entusiasmo.
Eres un cobarde con todas sus letras.

Hoy, he recordado nuevamente un poema andaluz de Rafael de León que mi abuelo solía leerme, y que me permito citar aquí para convencerme a mí misma de que nuestro viejo sueño de estar juntos jamás se hará realidad.

Tú… cada noche en tus sueños
soñaras que me querías
y recordarás la tarde que tu boca me besó
y te llamarás cobarde, como te lo llamo yo
y verás sueña que sueña,
que me morí siendo chico
que se llevo una cigüeña mi corazón en el pico
Pensarás: no es cierto nada
yo sé que lo estoy soñando
pero allá en la madrugada
te despertarás llorando
Por el que no es
tu marido… ni tu novio… ni tu amante…
sino el que más te ha querido
Y con eso tengo bastante…

Pero la vida sigue, yo estoy más que satisfecha de lo que me ha tocado vivir y sentir, aunque reconozco que sigues siendo una materia pendiente en mi historial.
Me consuelo al pensar que tengo amores por delante que me reconfortarán, que mi libertad para escoger sigue intacta y que sólo yo decidiré cuando ejercerla con convicción, mientras tú seguirás eligiendo un confinamiento que te está secando el alma.
Y termino con una frase que te he dedicado por años y que, quizás suena a maldición, pero realmente es la triste conclusión de nuestra historia:
“No te mando más castigo que estar durmiendo con otra y estar soñando conmigo…”

El hermano dañino

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Conozco de cerca a dos hermanos que, a pesar de tener la misma sangre en las venas, son absolutamente diferentes. Diego y Daniel tienen rasgos similares pero cada uno ve la vida desde su óptica particular.

Yo me atrevería a decir que la de Daniel es cristalina, sólo ve hacia adelante y se contenta con cosas sencillas como un amanecer naranja o una canción de amor. Diego es lo opuesto: le rinde culto a la ira, su mejor arma es la discusión a gritos y nunca sonríe en las fotos.

Desde lejos, parecen dos hermanos normales… pero yo me he detenido a verlos con lupa.

Diego se escuda en un supuesto amor que nunca ha sido real. Todo lo contrario. Está lleno de rabia, explota de impotencia, se queda encerrado en un solo sentimiento sucio: su enorme envidia. Diego quiere la vida de su hermano, quiere deslastrarse del desorden que él mismo ha causado en su andar pero no consigue enderezar el camino. Para él, es más fácil mirar fijamente a quien comparte sus propios genes y arrebatarle hasta la respiración.

Diego se llena de codicia y no le importa destrozarle el destino a su sangre. Yo aún no sé si lo hace con la premeditación de quien disfruta las consecuencias o si actúa cegado por la sombra podrida que lleva dentro.

Lo peor es que nadie parece darse cuenta de esta realidad. ¿Sólo yo puedo ver lo que está sucediendo? No me canso de gritar a todos que Diego está clavando una espina mortal en el corazón de Daniel… pero están sordos, prefieren creer en un amor fraternal que no existe.

Hoy estoy segura de que la envidia y los malos sentimientos terminan por destruir a cualquiera: Daniel poco a poco se ha quedado sin nada, ha perdido su empleo, ha caído enfermo y el amor lo ha abandonado a todos los niveles. Ahora camina con dificultad y se siente deprimido como nunca antes. Alguien que brillaba con una luz incandescente ahora parece un fantasma sin rumbo.

Que me llamen loca pero estoy segura de que, de alguna forma, Diego le ha succionado la energía a su hermano y lo que ha dejado es un despojo. Ese aliento de vida robado se lo ha tragado entero y le ha servido para amasar su sueño: una vida ordenada, con solidez y compañía. Que me llamen loca, repito, pero esto no es fruto de un esfuerzo genuino sino de una fijación bizarra en la vida del otro.

Diego es un hermano dañino y Daniel sigue creyendo que lo ama. No sé como decirle que se aleje de él y corra hacia un nuevo aire. Que se levante un día de la cama y sin decir nada, simplemente desaparezca. Abre la puerta, corre, huye… sálvate.

Pero nadie me escucha, nadie me cree…

Quien pudiera guardarte en un perfume

Todavía recuerdo la primera vez que tuve la valentía de acercarme a tu cuello y respirarte de cerca. Tuve para mí ese olor particular, hermoso, fuerte, masculino.
Sí, un hombre que olía a hombre. Vaya delicia…
Y no era un sabor artificial, no era colonia, ni desodorante ni crema de afeitar. Eras tú.
Era cada uno de los poros de tu espalda, eran tus manos, un poco de sudor divino mezclado con el aroma de tu cabello.

En ese momento comprendí mejor a Jean Baptiste Grenouille cuando quiso concentrar el olor de sus mujeres en un frasco de perfume. Ahora comprendo que no era realmente un asesino sino un loco sediento de la fragancia corporal.
Nunca me habría imaginado a mí misma en una sensación tan básica, tan animal.

Hoy, que la distancia nos separa y los días van corriendo sin verte, un recuerdo nasal me lleva directamente hasta tu cuello y me calma mientras te espero.
Ojalá pudiera yo también guardar tu esencia en un frasco…