El hombre incorrecto

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Amanda trata de olvidarse de su perfeccionismo torturador, pero no puede evitar hacerle una radiografía a su amante de turno y escribir una lista de defectos: habla mal, escribe peor, no sabe de vinos y lleva zapatos baratos.
En pocas palabras, este nuevo hombre es uno de esos amantes de closet que Amanda jamás le presentará a sus amigas y nunca, óigase bien, NUNCA traerá a la casa de sus padres.

Pero Amanda, en secreto, guarda esa terrible lista en el bolsillo escondido de su cartera y se encierra en un hotel a disfrutar de las mieles de la compañía. Mala quizás, pero compañía al fin.

Este hombre que tiene mala dicción le repite todos los días que la quiere mucho; con su escritura rudimentaria le da los buenos días a las 6 de la mañana, justo cuando sabe que Amanda estará despierta. Y a pesar de que no tiene el estilo de cóctel que ella desearía, le hace el amor con una entrega deliciosa, que hace quedar en ridículo a varios hombres con postgrado que han pasado por su cama.

Amanda se empeña en conservar la cabeza en su sitio, diciéndose que es incapaz de enamorarse de este individuo “de baja clase”, pero se escapa toda la tarde de la oficina para abrazarlo como novia soñadora.
En la noche, asiste a una conferencia con los mejores empresarios del país y se da cuenta de que nunca podrá traer a ese nuevo personaje a un evento como ese. Pero en dos minutos, pierde el hilo de la reunión porque todavía tiene el maravilloso olor de él en las manos.

Amanda se cuestiona, se censura, se autoflagela con corrientazos de conciencia. Se pregunta si está tan rematadamente sola que ha llegado al punto de enredarse con cualquiera. Quizás.

No quiere pensar otra vez en aquel modelo de hombre ideal, porque ya está más que comprobado que no existe, pero se pregunta si al menos hay alguien con quien pudiera caminar de la mano sin vergüenza. Alguien con quien poder hablar del Museo de Arte Moderno de Nueva York o de la próxima cosecha de Beaujolais, sin sentirse una ridícula aristócrata.

Lo único que puede hacer Amanda, por ahora, es consolarse con una frase burlesca que sus amigas suelen decir en estas ocasiones: “Disfruta del hombre incorrecto hasta que llegue el correcto”.

Daños Colaterales

Cada cierto tiempo tengo la manía de dejar que un arrebato de adrenalina me lleve por los caminos del mundo y le dé una sacudida a mi vida. Es como romper un ciclo de monotonía y ponerle un poco de sal a mi entorno.
La última vez que me sucedió fue en septiembre de 2009 cuando comencé a planear un viaje a Nueva York. Las razones eran bastante razonables: mejorar el inglés, familiarizarme con el sistema norteamericano, subir de nivel en el trabajo y sobre todo, darse un baño de gran ciudad como sólo es posible en las calles de Manhattan.

Generalmente, cuando planifico un evento importante como ese, suelo ser metódica y previsiva. “Me voy unos seis meses a Nueva York, me va a ayudar mucho en mi carrera” – me digo a mí misma, convencida siempre de que la planificación se hace en base a eso: la carrera, el ascenso, el crecimiento.
Lo que nunca tuve la previsión de anotar es que la ciudad de Nueva York me iba a traer también otras sorpresas a nivel personal. En mi lista de “pendientes” nunca planifiqué que alguien iba a acercarse en el andén del metro para hablarme de amor. Tampoco estaba previsto que alguien me diera un beso a las orillas del Hudson y que se quedara incrustado en mi cabeza, aún a cuatro mil kilómetros de distancia.

No pensé que alguien más se iba a enamorar de mí y yo tendría que pasar el mal trago de rechazarlo. Alguien que todavía me escribe y me extraña…
No pensé en que iba a encontrar un grupo de amigas con las que podía contar para cualquier cosa, que saben ahora muchas de mis intimidades y que son bienvenidas en mi corazón para siempre.

No, realmente soy una cabeza hueca cuando digo a la ligera “Me voy 6 meses y vengo”, sin pensar en los daños colaterales que trae un desarraigo, por breve que sea.
Aprendizaje, sí. Inglés, también. Pero… ¿qué pasa cuando el corazón no estaba metido en la lista pero también vivió el viaje al máximo? ¿Qué pasa cuando las circunstancias te hacen volver pero se te quedan algunas venas sueltas en la tierra que te recibió?
¿Qué estaba pensando yo? Que iba a estudiar, a crecer, a trabajar durante seis meses… ¿sin vivir?

Control Freak

Aquí en este país donde estoy ahora tienen esa curiosa expresión que siempre me ha parecido interesante: Control Freak. Podría traducirse como “Alguien que no soporta no tener el control de todo” o quizás “Loco por el control”… o en mi caso, loca por controlarlo todo y si no lo controlo todo, más loca aún.

Esta expresión me viene a la cabeza porque hacía tiempo que no me sentía tan derrotada por no tener el absoluto control de mi vida. Del lado profesional, no hay problema, brillar es mi especialidad. Del lado personal, perder la perspectiva es mi norte (¿y dónde queda el norte?).

Sí, soy una control freak. Vaya que lo soy. No soporto la idea de no poder tener control absoluto de lo que me afecta directamente… y justamente en esa sección de la vida entra él. Él que me da un beso perfecto y luego desaparece. Él que me hace reír como no reía en los últimos seis meses y luego me deja esta cara de desconcierto. Él que me abraza y me hace ver las cosas absolutamente claras, para luego alejarse y darle un nuevo nivel a la palabra confusión.

Si fuese una cuestión de trabajo, de estudios, de realización… me quedaría a dar la batalla. Me quedaría a poner todas mis energías y lograr el objetivo, porque tengo absoluta confianza en el único soldado que no me va a fallar nunca: yo misma.

Pero quedarse en una batalla de romance, donde las cosas no dependen sólo de mí sino de alguien más, es demasiada incertidumbre. Es poner el cien por ciento de mis fuerzas y aún así, saber que sólo voy a lograr el cincuenta por ciento de lo requerido. La otra mitad depende de una segunda persona y yo no puedo sentarme a esperar que ponga todo el empeño que estoy poniendo yo. No tengo tiempo ni estómago para poner mi felicidad en sus manos.

Yo me retiro. Es lo único que puedo hacer, lo único que sé hacer en estos casos.
Gracias por todo.

Un país llamado intimidad

Esta es una historia que nació por casualidad en un día de trabajo y se ha mantenido como niña caprichosa en el antojo de no morir, aunque para ello deba sacudirse la sensatez y asumir la locura peligrosa como fuente de alimento.

Antes de empezar, quiero oír a Silvio diciendo que ojalá pase algo que te borre de pronto, para no verte tanto, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones.
Parece entender bien mi situación, aunque nunca me haya conocido. Parece entender que necesito de un elemento externo que catalice el proceso de olvido porque yo, con mi débil voluntad, me tardaré años…

Un país tú, un país yo y un tercer país nuestro encuentro.

Durante meses me resistí con todas mis fuerzas a cometer un desatino de esa magnitud. ¿Tomar un avión y viajar doce horas para verte? Perdóname, una señorita con mi cerebro y mi status de ejecutiva internacional no se permite esos absurdos.

Un rayo de los dioses envió un trabajo importante que se metió en el medio de los dos y me salvó por un tiempo de lo que parecía un error. Ahora veo que el error más grande habría sido no ir a abrazarte aunque tuviera que llegar nadando a Australia.
Pero fíjate cómo es de alcahueta el destino que, en un pase de magia burocrática, quitó ese trabajo de mi vista y me dejó en el medio de la calle, desnuda de toda excusa para no ir a verte.
Y es que en verdad, con excusa o sin ella, yo sí quería ir a encontrarte. Yo sí quería entregarme a los absurdos y a los desatinos. Yo sí quería deslastrarme de mi cerebro internacional y pensar con la piel al menos por una vez.

“A la mierda todo” – dije por fin – valiente y decidida. Tomé mi pasaporte, mi boleto, unos cuantos dólares y viajé hasta la madrugada sólo para volver a olerte de cerca.

Miedo seguía habiendo, eso no lo puede negar ni Dios. Miedo a convivir con alguien durante una semana, cuando hacía varios años que no compartía mi cama por más de una noche. Miedo a que este viaje se convirtiera en un vulgar intercambio de fluidos y no en una historia de amor, como sigo soñando a pesar de tanto golpe.

Pero te juro, bello compañero, que en el momento en que por fin te abracé y sentí que eras de carne y hueso otra vez, que no de cables de Internet ni de imágenes de memoria idealizada; en ese preciso instante, el miedo se devolvió por donde vino.

Más que eso, hubo instantes de colección donde llegaste mucho más lejos de lo que esperaba.

Debo reconocer, por ejemplo, que me sorprendiste extendiendo tu mano hacia la mía en el teatro, ¿te acuerdas? Ese temor inicial de que este encuentro sería puramente carnal, desapareció completamente. Tu mano lo aplastó, lo deshizo en un solo toque.  Y sí,  yo me perdí un poco de la obra, sin lamentarlo siquiera, porque mi verdadero espectáculo estaba en nuestros dedos entrelazados. Vaya delicia…

Dame un respiro, voy a tomar un vaso de agua que la garganta se me seca de tanto recordarte. Mientras tanto, voy a hacer sonar a Frank pidiendo utopías. Se parece a mí cuando ruega, como algo vital, que lo salven de vez en cuando de su soledad.

Por supuesto, esta historia no estaría completa sin una oda a tus dones de amante.
¿Existe una escuela de placer en tu tierra? Esa sería la única explicación lógica a esa facilidad de encontrar puntos claves de orgasmos, a tu lengua divina que no se cansa hasta verme en el más primitivo de los arrebatos.
Yo sentí también el furor de recorrer todas tus esquinas, de besarte, de lamerte, de morderte sin prejuicios. De subirme a tu cintura sin control, como quien se lanza en paracaídas y se siente más vivo que nunca.
De tanta intensidad quedan algunas huellas que yo he bautizado como “mordiscos de sangre azul”, trazos de pasión que se han convertido en manchitas moradas, vecinas de un pubis más que satisfecho de tu visita. Un testimonio colorido de que embistes con fuerza, con masculinidad, con ardor. Lo dije aquella primera noche y lo repito hoy sin complejos: “¡Vaya intensidad, caballero!”

Pero más que sexo, en este viaje yo encontré la historia que estaba buscando y que lleva por título una sola palabra: intimidad. Cercanía aderezada con música, con películas tontas y profundas, con besos en la frente y un abrazo al dormir que se volvió costumbre en cuestión de horas. Intimidad fue sinónimo de un baño en pareja, de paseos por el parque, de relatos de amores pasados. Fue también la tranquilidad de tocarnos sin vergüenza, con la confianza de quien se sabe dueño del otro aunque sea por una temporada feliz.

Pero la realidad finalmente llegó. Cero sorpresas, ya sabíamos cómo iba a terminar este cuento.
Son las dos de la mañana de nuestra última noche y te pido acostarnos a dormir, pero tu respuesta me quita el sueño: “Tú vas a dormir mañana, yo voy a dormir mañana… pero ¿cuándo vamos a estar juntos otra vez?”.

Buena pregunta.

Salimos al frío de la madrugada, cada quien de regreso a su patria.
Y no digo nada para no echar a perder el momento. Tanto silencio me hace parecer tonta, aburrida. Pero créeme que quedarme callada es lo más inteligente que puedo hacer.
Hablarte a la cara cuando falta poco para que desparezcas sería como abrir la compuerta de una represa de emociones. Hablarte ahora, cuando todas mis fuerzas quisieran que a este estúpido avión se le dañaran los cuatro motores antes de salir, sería cubrirte de frases empalagosas.

Es más inteligente parecer silenciosamente tonta que lanzarme a preguntar cuándo se te volverá a ver, cuándo voy a poder acariciarte las manos con mi cremita de dormir o acercarme a tu cuello con olfateos de perro. También se me queda en el tintero otra pregunta: ¿Pensarás en mí cuando yo no esté?  No me atrevo a abrir la boca, no me queda más opción que imaginar que sí.

El llamado a abordar se tarda tanto que hace daño.
Mis pies quieren levantarse sin mirarte, entrar en el avión y no darle más largas a este adiós que ni siquiera será un adiós verdadero. Porque un adiós es un corte limpio, es decir “hasta aquí llegamos, vete”. Este no. Este será un hasta luego, un “hasta que se pueda otra vez” y si no se puede, será un adiós que fingirá que no le importa.

Finalmente, anuncian mi turno. Me das un beso tímido, como quien no quiere avergonzarse ante la mirada de extraños … y yo clavo mis labios en tu cuello como quien no se ha enterado de que hay alguien más en la sala.

Te vas. Volteas a verme más adelante, me lanzas un beso de nuevo… pero igual te vas.

Y en ese preciso instante en que te pierdes de vista, mis pestañas brillantes y mojaditas le gritan a todo el aeropuerto lo que yo no me atreví a decirte: que una parte de mí se había resistido estoicamente a enamorarse, mientras que la otra… ya se había enamorado hace rato.

Mujercita

mujercita

No quiero volver a ese papelito estúpido de mujercita. No quiero tener que esperar a ver si me llamas, si estás pendiente de mí, si me compraste un regalito de Navidad o si me quieres igual en Enero que en Diciembre.

Qué ladilla.

Logré liberarme de esa actitud hace tiempo y me ha ido mejor que nunca.

Y ahora le da por regresar a mi cabeza otra vez.

Ahora vuelve a atormentarme, a quitarme la concentración y la lucidez.

No quiero esa actitud de vuelta, me rehúso. Lo siento, ya estoy preparando los zapatos de goma para salir corriendo… otra vez.

Pobre ilusa…

desilusion

¿Y ahora yo qué hago? ¿Dónde pongo esta adoración que se anidó en mi cuerpo y que tenía ganas de entregarte todo? ¿Dónde se arroja la ilusión que uno ha acumulado durante meses y que ahora se ha quedado sin su objeto de amor?

Y aquí estoy, triste, incrédula, sin ganas de levantar la cabeza, parada en el medio de la calle… no pasa ni siquiera un carro que toque corneta y me saque de este mundo paralelo en el que he caído.

Yo definitivamente me enamoré de tí, no tengo ni siquiera las fuerzas para negarlo. Habías llenado todos los requisitos, ante mis ojos eras absolutamente perfecto. Un día hasta me atreví a decirte que eras la respuesta de los ángeles a mi búsqueda. Y realmente lo eras…

Podíamos hablar sin cansarnos, podíamos bailar y ser los más bellos de la pista. Me encantaba tu inteligencia, tu ropa, tu manera de moverte, tus metas a largo plazo, tu sensibilidad.
Yo soñaba con presentarte a mi familia, con pasearnos del brazo por todas partes, ardía en ganas de gritarle al mundo que finalmente Dios se había acordado de esta pobre infiel y le había enviado un compañero maravilloso…

Realmente anhelaba eso. Lo anhelé primero con alguien anónimo y cuando te conocí… le pusiste rostro y nombre a ese sueño.

Lo peor es tener esta sensación de ser la mujer más estúpida de la tierra. Lo peor es darse cuenta de que todos lo sabían y la única ciega que quería darle un mordisco a tu masculinidad era yo.
Yo, la que creía que nuestras charlas significaban algo, que mi “poder conquistador” estaba ganando terreno en tu corazón y que mis historias de amor quizás podían hacerte notar que me moría por besarte. Pobre ilusa…

Hoy me he declarado totalmente incompetente en materia de hombres. No los conozco, no sé descifrarlos, no sé quienes son… no quiero acercarme a ninguno.

Y aunque me lo dijiste en la cara me costó creerlo… no sabía si mi interpretación era errada, no podía detenerme a pensar que me había estrellado de frente contra la pared de la realidad. Tuve que describirle nuestra franca conversación a mi hermana y escuchar de ella el veredicto: “Sí, Andre, es homosexual…”

Soy yo

Nube sobre la cabeza

No es el mundo que de pronto se volvió el lugar más aburrido del universo. No.

No es él, que sigue estando tan pendiente de mí como siempre.

No son mis amigos, que se divierten y se ríen a carcajadas mientras yo quiero irme corriendo a dormir.

No es el exceso de Internet o de televisión. O de noticias o de radio.

No se trata de sueños no cumplidos, porque ahí están todos los que yo quería: realizándose.

Definitivamente no es el entorno, no es afuera donde está el problema.

Es adentro. Soy yo.

Soy yo la que no le encuentra gusto a los días, la que necesita ir a reportar un tsunami en Indonesia para sentirse motivada. La que odia los fines de semana y ama los lunes.

Soy yo la que está mortalmente aburrida, la que no se adapta, la que se ha acostumbrado a andar tan independientemente por la vida que ya nadie la soporta.

Soy yo la que sueña con una valiosa compañía pero sigue preparando el terreno para continuar sola hasta el infinito.

Soy yo la contradicción, la desidia, la pieza que no está encajando en ningún rompezabezas.

No creas que no me doy cuenta, ya lo sabía… definitivamente soy yo.

Buena compañía vs Mal sexo

¿Qué pasa cuando alguien es cariñoso, amable, romántico, atento… pero es un desastre en la cama?
Esa persona que no sabe hacerte el amor, que se pierde al tocar, que no tiene el mismo “swing” que has experimentado otras veces… es el mismo que a la mañana siguiente te prepara el desayuno con dedicación mientras tú todavía no te has levantado, es él quien te pregunta si estás bien y te protege entre sus brazos si el día amaneció frío.
Con él hablas, te entiendes, te identificas. Con él quieres seguir viéndote. Quieres besarle y tomarle de la mano para caminar por el parque.
Te inspira momentos lindos, llenos de cariño…
Pero la otra cara de la moneda te causa bostezos.
El deseo se te diluye cuando piensas que él no es el amante que esperas, el que deseas que te tome con pasión arrolladora y sepa exactamente qué es lo que te hace explotar.
No la pasas mal pero recuerdas que la has pasado mucho mejor.
Quizás habría sido mejor no tener tanta experiencia con la que compararlo… Too late.
A pesar de eso, quieres darle un voto de confianza que se ha ganado lentamente tratándote como a una princesa. Y te preguntas ¿puede ese poco encanto sexual compensarse con buena compañía?
¿Puede una mujer olvidarse de un sexo malo si a la mañana siguiente le traen el desayuno a la cama con una rosa y un beso?  ¿Sería eso engañarse a sí misma?
Algunos dirán “Bueno, en pareja puede aprenderse…”
Y sí, supongo que a eso hay que apostar, a conocerse el uno al otro aunque el proceso pueda ser un poco… eeeeh .. tedioso.
¿Puede el sexo malo convertirse en bueno? ¿… o está destinado de por vida a seguir siendo malo?
No lo sé.

Depresión Post-Parto

Siempre me pasa esto, no sé por qué.

Cada vez que tengo una temporada fuerte de trabajo, aquello que yo llamo «picos de esclavitud», tengo los chorros de adrenalina corriendo por la venas haciéndome sentir intensamente viva.

Con el viaje a Bolivia, donde estuve en tres ciudades, tomé 6 aviones, me quedé en cuatro hoteles diferentes y trabajé sin parar día y noche, me pasó lo mismo.

Pero al terminar ese ritmo, al volver a mi espacio y tener días tranquilos (a los que se suman las vacaciones del postgrado), no puedo evitar sentirme aburrida y más aún… deprimida.

Sí, ya sé, soy una workaholic.  Pero realmente quisiera saber qué maldita hormona se me pone triste cuando debería estar contenta descansando…

En fin… mejor no analizarlo mucho. Sigo escuchando canciones tristes y mandando mariqueritas en Facebook.

Voz de madrugada

Voz de madrugada

Son las cuatro de la mañana y en un enredo de líneas telefónicas, trabajo y este sentido del deber que no me deja dormir… me crucé con tu voz.

Dulce, hermosa…

Yo ya la había escuchado antes, cierto. Pero quizás me encantó que ahora estuviese especialmente dirigiéndose a mí.

Pude haber dejado pasar el momento, quedarme callada y disfrutar sólo el hecho de escucharte. Pero no, la madrugada no permite que las sensaciones se pierdan tan fácilmente y en un instante de locura, me atreví a decir:

“Tienes una bella voz… y con ese dulce tono, me voy a dormir…”

No deja de parecerme una tontería de mi parte. Yo no te conozco, jamás te he visto… pero aún sin tenerte cerca, ya escucharte es delicioso.

Y ahora la realidad me despierta otra vez. Debo volver a trabajar y guardar, en algún rincón de la noche, el recuerdo de haberte conocido a través de tu voz preciosa.

Enchantée…