Siempre 24

Ayer te vi de nuevo.
Cada encuentro sólo sirve para confirmar que ya no tenemos nada en común. Me cuesta un mundo creerlo, pero con cada palabra me convenzo más de que dejé de conocerte hace mucho tiempo.
Ya no tengo ni la más remota idea de quién eres, ni de cuáles son tus nuevos gustos o tus proyectos. Ahora te veo como una versión desgastada de ti mismo, me parece que alguien te ha robado la pasión y la sonrisa.

Pero no me voy a concentrar en decir antipatías, sólo vine a confesarte algo que quizás te sorprenda: sueño contigo a cada rato. Pero en mis sueños tienes la misma edad que tenías cuando te conocí, tienes ese aire fresco en el cabello y esa luz en los ojos que desbordaba energía y contagiaba a todo el mundo.
En ese sueño que se repite, bailamos juntos, nos besamos y hablamos de todo un poco. Nos conocemos bien, nos sentimos cerca. Nos amamos…

Y por eso, cada vez que te encuentro, el corazón se me arruga de ver todo lo que perdimos. No sé por qué nunca nos dimos cuenta de cuán especiales éramos juntos.
Me doy cuenta AHORA, que me cuesta tanto encontrar una segunda mitad y que probablemente no la encuentre nunca.
Por eso mi cabeza ha fabricado una forma de seguir viviendo ese episodio maravilloso donde tú tenías 24 años y yo creía ciegamente que pasaríamos 100 años más juntos. Y aunque envejezcas, aunque el cuerpo no te responda como quisieras, en mis sueños siempre serás ese muchacho adorable que me cantaba canciones en el parque.
Allí te quedaste, allí te guardé.

Olores que matan…


Ya he dicho otras veces que de todas las experiencias sensoriales, la que me resulta más sensual es el olor. Y cada vez me convenzo más de que esa debilidad juega en mi contra.

Estoy en ese proceso de concentrarme en las cosas importantes y olvidarme de tus abrazos. Casi lo logro… pero por Dios que cuando me encuentro con tu olor divino en mis espacios, el proceso se revierte.

Te lo dije desde el primer día, sin ningún tipo de verguenza: «Hueles rico…» Pero no me imaginaba que eso iba a dejarme indefensa ante tu recuerdo más tarde. Mi abrigo amarillo todavía guarda tu esencia y ni siquiera abriendo las ventanas de mi carro toda la noche logro que se vaya tu olor.

Lo peor es que no metí toda la ropa en la lavadora… porque en el fondo, disfruto encontrar tu perfume escondido en un pliegue de tela.

Yo prometo olvidarte, está bien… pero por favor, llévate tu olor contigo. Me está matando.

Falda plisada y medias blancas

Por cosas del destino, Dios me regaló un rato libre inesperado… y yo decidí llenarlo de nostalgia pura. Creo que mi carro se manejó solito por la montaña hasta llegar a mi viejo colegio, quizás para mostrarme que algunas cosas se mantienen intactas en el tiempo y el corazón.
En la puerta, una monjita vestida de blanco me recibe con una sonrisa llena de curiosidad y para mi propia sorpresa, el saludo me salió tan natural como hace 20 años:
“Viva Jesús, sor…”
“Viva María, buenos días” me respondió la hermanita.
Sólo eso bastó para verme a mí misma nuevamente con falda plisada y medias hasta la rodilla, cantando el himno nacional y orando en grupo.

La gruta del jardín, el patio donde jugábamos pelota y donde nos peleamos varias veces… La capilla donde íbamos a misa todos los miércoles sigue oliendo al mismo perfume de madera, las escaleras donde presenté mi obra de títeres siguen aplaudiendo el éxito de ese día y los bancos donde esperaba que mi mamá viniera a buscarme ya no son de color naranja sino azules.
Pregunté por mi favorita, Sor María Eugenia, y alguien respondió que había llegado a ser directora del colegio. ¿Y quién sino ella podía serlo?
Mentalmente, me puse a hacer una lista de mis compañeras y me di cuenta de que recuerdo sus caras pero no todos sus nombres. También volvieron las excursiones, las obras de teatro y aquella vez que las hermanas nos llevaron a la piscina… qué época tan sencilla, tan bonita.

En medio del pasillo, me pregunté internamente si me había convertido en la mujer que me imaginaba que sería… y creo que de alguna forma, sí.
Pienso que, en su inocencia y con las ganas de vivir que tenía, la niña de medias blancas se habría sentido orgullosa…

Aplausos, Aldemaro!!!!!

Cónchale… Aldemaro murió.
Ya estaba viejito, cansado y bastante malito de salud. Es que sesenta años siendo pianista, arreglista, compositor, director, guitarrista y uno de los mayores valores venezolanos de todos los tiempos, agotan a cualquiera.
Cuenta mi abuela, Esperanza Peraza Romero, su prima, que Aldemaro era un echador de broma profesional. Inteligente y extremadamente talentoso desde chiquito; el orgullo de la familia, pues.
Recibió a mi abuelo Ricardo en su casa de Caracas cuando se fue a estudiar para allá. Ambos tendrían unos 20 años y se volvieron compinches desde el principio.
Me dio mucho pesar tener que ser yo la que le diera a Aldemaro la noticia de que el abuelito había muerto. No lo podía creer, así como yo tampoco puedo creer hoy que sea él quien se haya ido.
Y pensar que lo vi hace poco en un concierto de Huáscar Barradas en el Teresa Carreño… sí, lo vi viejito y un poco lento al caminar pero no como para morirse tan pronto.
La vida es así, ¿no? Hoy estás y mañana no.
Lo que sí hay que reconocer es que Aldemaro no desperdició ni un solo momento de sus 79 años. Y creo que aparte del legado musical que ha dejado para Venezuela y el mundo, también dejó la enseñanza de pasar por la vida con un propósito, de permanecer en el tiempo y dejar una huella.
Que Dios lo reciba con honores y, si es posible, con un piano para que siga haciendo música en el cielo…
Aplausos al maestro de la Onda Nueva, aplausos al músico académico por excelencia de Venezuela!!
Aplausos, Aldemaro!!!

Les dejo mi canción favorita de Aldemaro Romero: «De Conde a Principal».

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Recuerdo inocente en Navidad


“- Mami, ya llegó el Niño Jesús?
– No, Andre, ya va… falta poquito… Vamos a comer algo en la cocina…ven.
– Bueno, pero rapidito, a ver si lo vemos, ¿sí?
– Ok… ese viene ahorita, no te preocupes…”

“- Mami, ¿tú crees que ya llegó?
– Déjame ver… quédate aquí, yo te aviso…
– (Sonriente, con la felicidad en la cara) «¡Apúrate, mami, que yo creo que ya llegó!”

“- ¿Andre? Mira, sí… ¡aquí dejó los regalos!!! ¡Ya pasó!!!
– ¿Dónde está? ¡Lo quiero ver, mamá! ¿Tú lo viste? ¿Cómo es? ¿Por dónde se fue?
– Yo como que lo vi que se fue por la ventana de tu cuarto… ¡corre a ver si lo alcanzas!”
Corrí tan duro como pude, y cuando llegué a mi cuarto, la ventana estaba abierta, pero no había nada… una brisa leve quizás hacía ondear la cortina…

“- ¿Qué pasó, hija?
– Nada, el Niño Jesús se fue justo antes de que yo llegara, mamá. Cónchale, casi lo veo… yo creo que le vi un piecito…”