Ayer te vi de nuevo.
Cada encuentro sólo sirve para confirmar que ya no tenemos nada en común. Me cuesta un mundo creerlo, pero con cada palabra me convenzo más de que dejé de conocerte hace mucho tiempo.
Ya no tengo ni la más remota idea de quién eres, ni de cuáles son tus nuevos gustos o tus proyectos. Ahora te veo como una versión desgastada de ti mismo, me parece que alguien te ha robado la pasión y la sonrisa.

Pero no me voy a concentrar en decir antipatías, sólo vine a confesarte algo que quizás te sorprenda: sueño contigo a cada rato. Pero en mis sueños tienes la misma edad que tenías cuando te conocí, tienes ese aire fresco en el cabello y esa luz en los ojos que desbordaba energía y contagiaba a todo el mundo.
En ese sueño que se repite, bailamos juntos, nos besamos y hablamos de todo un poco. Nos conocemos bien, nos sentimos cerca. Nos amamos…

Y por eso, cada vez que te encuentro, el corazón se me arruga de ver todo lo que perdimos. No sé por qué nunca nos dimos cuenta de cuán especiales éramos juntos.
Me doy cuenta AHORA, que me cuesta tanto encontrar una segunda mitad y que probablemente no la encuentre nunca.
Por eso mi cabeza ha fabricado una forma de seguir viviendo ese episodio maravilloso donde tú tenías 24 años y yo creía ciegamente que pasaríamos 100 años más juntos. Y aunque envejezcas, aunque el cuerpo no te responda como quisieras, en mis sueños siempre serás ese muchacho adorable que me cantaba canciones en el parque.
Allí te quedaste, allí te guardé.

Analía tiene una fijación extrema por la lingüística y siempre se da cuenta de los detalles.
Observa calladita, por ejemplo, que los casados hablan siempre en plural: “Tenemos una casa, nuestro plan es irnos a Madrid en vacaciones”; pero quizás lo que más le llama la atención es que aquellos que esperan hijos (hombres y mujeres) hablan en términos de semanas.

Es como un interruptor que enciende de repente una nueva forma de ver la vida. Ya no son años ni meses, la vida comienza a entenderse en semanas.
Analía tiene que sacar cuentas mentalmente para entender cuando sus amigas le hablan de la formación de las pestañas del feto en la semana veinte y esa calculadora cerebral la lleva inevitablemente a su propia calculadora biológica.

“Treinta y cuatro años y nunca he hablado en semanas” – piensa Analía. Y no lo dice como un lamento, sino como un compromiso que no ha cumplido, un ítem en esa lista de cosas por hacer que algún día se harán. Una cita de la que siempre ha huido, incluso cuando estaba casada y entregada a las mieles del amor.
El porqué tiene un ingrediente absolutamente simple: Miedo. Miedos de todos los colores, de todos los pelajes. Miedo a no saber qué hacer con un hijo, a no tener cómo mantenerlo, a que nazca con algún defecto, con algún retraso. Miedo a no ser buena madre, a no igualar a la propia madre que lo ha hecho siempre tan maravillosamente bien, tan insuperablemente bien. Miedo a no tener tiempo, a no saber cambiar pañales ni hacer comida a la hora, miedo a que crezca y se convierta en un adolescente rebelde de esos que odian a sus madres.
Pero sobre todo, miedo a abandonar su vida propia para pasar a ser “la mamá de… ”.
Miedo a estancarse, a renunciar a los sueños para ocuparse de otro ser humano. Miedo a perderse como mujer, como profesional, como persona.
Este último es el verdadero miedo de Analía.

Alguien con sabiduría de calle y de casa le dijo una vez que, en el momento indicado, el cuerpo iba a pedirle que tuviera un hijo, que esa necesidad iba a venir. Simple y clara.
Pero curiosamente, a Analía no le preocupa la llegada de esa sentencia, le preocupa sentarse a esperarla y no verla aparecer. Nunca ha sentido el deseo profundo de tener un bebé. Sus planes abarcan desde un doctorado en Nueva York hasta un viaje con la ONU a un campamento de refugiados; desde la escritura de un libro hasta un apartamento de ejecutiva con decorado de revista. Pero nunca un hijo.

El cuerpo no termina de pedirle que arrope a un bebé con una cobija tejida por la abuela ni tampoco que le dé compota haciéndole el avioncito.
Analía se mira en el espejo y dice que no tiene instinto maternal. A veces se convence de que hay mujeres que nacen para ser madres y otras no. “Cosas de estadísticas, no tengo la culpa” le repite a la almohada.
Analía mira a su hermana Inés atender a sus sobrinos y cree que es la mejor mamá del mundo. “Quizás ella sacó toda la dulzura de madre que tocaba en la familia…”

Analía no está dispuesta a dejar de viajar ni parar de ser la profesional estrella, es verdad. Pero reconoce que el tiempo no es infinito y en el caso de la maternidad tampoco es relativo. Tiene fecha de vencimiento y ya. Su calculadora biológica también le suelta que si tiene un bebé rápido, cuando ese hijo tenga quince años, ella tendrá cincuenta. Cada año que se tarde la hará más abuela de sus propios hijos.
Duro cálculo ese. Pega en el alma.

A la retahíla de miedos, se suma otro más intenso: ¿Y si su cuerpo le pide un hijo cuando ya sea muy tarde? ¿Y si se decide a tenerlo cuando la fecha de vencimiento esté por cumplirse?
Analía se aturde en números y temores que no la dejan dormir. Da vueltas en la cama sin saber si quiere hablar en semanas o seguir contando años.

Esta es una historia que nació por casualidad en un día de trabajo y se ha mantenido como niña caprichosa en el antojo de no morir, aunque para ello deba sacudirse la sensatez y asumir la locura peligrosa como fuente de alimento.

Antes de empezar, quiero oír a Silvio diciendo que ojalá pase algo que te borre de pronto, para no verte tanto, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones.
Parece entender bien mi situación, aunque nunca me haya conocido. Parece entender que necesito de un elemento externo que catalice el proceso de olvido porque yo, con mi débil voluntad, me tardaré años…

Un país tú, un país yo y un tercer país nuestro encuentro.

Durante meses me resistí con todas mis fuerzas a cometer un desatino de esa magnitud. ¿Tomar un avión y viajar doce horas para verte? Perdóname, una señorita con mi cerebro y mi status de ejecutiva internacional no se permite esos absurdos.

Un rayo de los dioses envió un trabajo importante que se metió en el medio de los dos y me salvó por un tiempo de lo que parecía un error. Ahora veo que el error más grande habría sido no ir a abrazarte aunque tuviera que llegar nadando a Australia.
Pero fíjate cómo es de alcahueta el destino que, en un pase de magia burocrática, quitó ese trabajo de mi vista y me dejó en el medio de la calle, desnuda de toda excusa para no ir a verte.
Y es que en verdad, con excusa o sin ella, yo sí quería ir a encontrarte. Yo sí quería entregarme a los absurdos y a los desatinos. Yo sí quería deslastrarme de mi cerebro internacional y pensar con la piel al menos por una vez.

“A la mierda todo” – dije por fin – valiente y decidida. Tomé mi pasaporte, mi boleto, unos cuantos dólares y viajé hasta la madrugada sólo para volver a olerte de cerca.

Miedo seguía habiendo, eso no lo puede negar ni Dios. Miedo a convivir con alguien durante una semana, cuando hacía varios años que no compartía mi cama por más de una noche. Miedo a que este viaje se convirtiera en un vulgar intercambio de fluidos y no en una historia de amor, como sigo soñando a pesar de tanto golpe.

Pero te juro, bello compañero, que en el momento en que por fin te abracé y sentí que eras de carne y hueso otra vez, que no de cables de Internet ni de imágenes de memoria idealizada; en ese preciso instante, el miedo se devolvió por donde vino.

Más que eso, hubo instantes de colección donde llegaste mucho más lejos de lo que esperaba.

Debo reconocer, por ejemplo, que me sorprendiste extendiendo tu mano hacia la mía en el teatro, ¿te acuerdas? Ese temor inicial de que este encuentro sería puramente carnal, desapareció completamente. Tu mano lo aplastó, lo deshizo en un solo toque.  Y sí,  yo me perdí un poco de la obra, sin lamentarlo siquiera, porque mi verdadero espectáculo estaba en nuestros dedos entrelazados. Vaya delicia…

Dame un respiro, voy a tomar un vaso de agua que la garganta se me seca de tanto recordarte. Mientras tanto, voy a hacer sonar a Frank pidiendo utopías. Se parece a mí cuando ruega, como algo vital, que lo salven de vez en cuando de su soledad.

Por supuesto, esta historia no estaría completa sin una oda a tus dones de amante.
¿Existe una escuela de placer en tu tierra? Esa sería la única explicación lógica a esa facilidad de encontrar puntos claves de orgasmos, a tu lengua divina que no se cansa hasta verme en el más primitivo de los arrebatos.
Yo sentí también el furor de recorrer todas tus esquinas, de besarte, de lamerte, de morderte sin prejuicios. De subirme a tu cintura sin control, como quien se lanza en paracaídas y se siente más vivo que nunca.
De tanta intensidad quedan algunas huellas que yo he bautizado como “mordiscos de sangre azul”, trazos de pasión que se han convertido en manchitas moradas, vecinas de un pubis más que satisfecho de tu visita. Un testimonio colorido de que embistes con fuerza, con masculinidad, con ardor. Lo dije aquella primera noche y lo repito hoy sin complejos: “¡Vaya intensidad, caballero!”

Pero más que sexo, en este viaje yo encontré la historia que estaba buscando y que lleva por título una sola palabra: intimidad. Cercanía aderezada con música, con películas tontas y profundas, con besos en la frente y un abrazo al dormir que se volvió costumbre en cuestión de horas. Intimidad fue sinónimo de un baño en pareja, de paseos por el parque, de relatos de amores pasados. Fue también la tranquilidad de tocarnos sin vergüenza, con la confianza de quien se sabe dueño del otro aunque sea por una temporada feliz.

Pero la realidad finalmente llegó. Cero sorpresas, ya sabíamos cómo iba a terminar este cuento.
Son las dos de la mañana de nuestra última noche y te pido acostarnos a dormir, pero tu respuesta me quita el sueño: “Tú vas a dormir mañana, yo voy a dormir mañana… pero ¿cuándo vamos a estar juntos otra vez?”.

Buena pregunta.

Salimos al frío de la madrugada, cada quien de regreso a su patria.
Y no digo nada para no echar a perder el momento. Tanto silencio me hace parecer tonta, aburrida. Pero créeme que quedarme callada es lo más inteligente que puedo hacer.
Hablarte a la cara cuando falta poco para que desparezcas sería como abrir la compuerta de una represa de emociones. Hablarte ahora, cuando todas mis fuerzas quisieran que a este estúpido avión se le dañaran los cuatro motores antes de salir, sería cubrirte de frases empalagosas.

Es más inteligente parecer silenciosamente tonta que lanzarme a preguntar cuándo se te volverá a ver, cuándo voy a poder acariciarte las manos con mi cremita de dormir o acercarme a tu cuello con olfateos de perro. También se me queda en el tintero otra pregunta: ¿Pensarás en mí cuando yo no esté?  No me atrevo a abrir la boca, no me queda más opción que imaginar que sí.

El llamado a abordar se tarda tanto que hace daño.
Mis pies quieren levantarse sin mirarte, entrar en el avión y no darle más largas a este adiós que ni siquiera será un adiós verdadero. Porque un adiós es un corte limpio, es decir “hasta aquí llegamos, vete”. Este no. Este será un hasta luego, un “hasta que se pueda otra vez” y si no se puede, será un adiós que fingirá que no le importa.

Finalmente, anuncian mi turno. Me das un beso tímido, como quien no quiere avergonzarse ante la mirada de extraños … y yo clavo mis labios en tu cuello como quien no se ha enterado de que hay alguien más en la sala.

Te vas. Volteas a verme más adelante, me lanzas un beso de nuevo… pero igual te vas.

Y en ese preciso instante en que te pierdes de vista, mis pestañas brillantes y mojaditas le gritan a todo el aeropuerto lo que yo no me atreví a decirte: que una parte de mí se había resistido estoicamente a enamorarse, mientras que la otra… ya se había enamorado hace rato.

Si yo fuera otra, le haría caso a mi vocecita necia y saldría corriendo lejos de tu presencia. Pero esta que soy, con tanta hambre de cariño, se queda y te soporta. Esta que soy se pinta paisajes de primavera a tu alrededor y escribe guiones de películas románticas con tus gruñidos de fastidio.

Esta tonta te abraza, te dice frases dulces y sonríe al pronunciar tu nombre, porque le da un respirito a su corazón. Porque volver a mudarse a la soledad le resulta tan pesado, que se queda tejiendo ilusiones … “a ver qué pasa”.

Yo sé que no eres quien conviene, yo sé que esto no tiene futuro. Pero trato de alejar lo más posible la pared con la que ya sé que me voy a estrellar, porque al fin y al cabo, rodar hacia un golpe contundente también es vivir.

Quizás haga falta darse duro en la frente para volver a empezar.

Hombre playa

Te abrazo fuerte, demasiado fuerte, como quien no quiere dejarte ir, diciéndote a gritos que sentirte mío es una sensación sublime, aunque luego nos separemos para siempre…

Hoy escucho la música de tu país y recuerdo ese acento que a veces no entendía, pero que me resultaba divertido.
No bailas, pero te gusta verme bailar. Y a mí me gustan tus ojos, tus besos, tu sonrisa, tu fuerza. Me gusta tu vino tinto, tu manera tan artística de ver el mundo y tu frase directa, sin dudas: “Estoy loco por darte un beso”

¿Quién hubiera podido negarse?

Yo me alegro de haberte conocido tan encantador: Te burlas de mis ronquidos, mezclas chocolate con placeres de toda clase y clavas tus ojos en los míos sin pestañear, sin voltear, sin parar. De todos tus encantos, querido extranjero, me quedo con tu mirada para siempre.

Me hablas de tu bandera, de tu vieja capital… y yo sigo admirándote, como quien disfruta de tus imágenes verbales en un álbum infinito. Me llevo tus manos fuertes, tus mordiscos que casi me hacen sangrar, tu ímpetu, tu entrega.
Me llevo el recuerdo de tu intensidad… ¡vaya intensidad, caballero!!!

Aprendo de ti, te pregunto, te escucho… y te deseo. No hay mucho tiempo para saber quién eres, pero tenerte cerca ya es conocerte.
Sólo hay la ocasión de besarte por todas partes y olerte profundamente, para despedirme en la mañana llevándome tu aroma en las manos, ese que me regala tu presencia hasta llegar de nuevo a mi cama venezolana.

Ya estamos lejos, pero sigo mirando tu foto y, a fuerza de imaginación desbordada,  aún te toco, aún te respiro y – sin poder evitarlo-  aún te deseo…

Hoy me viste… me viste caminando de su mano, besando su sonrisa, acariciando su cabello. Y como has aprendido a conocerme, tuviste el tino de decirme que me veías contenta, pero que algo triste aún me temblaba en los ojos.

Yo hubiese querido decirte con fría seguridad que estabas totalmente equivocado, que me sentía inmensamente feliz… pero el rostro se me llena de vergüenza antes de mentirte, y lo que es aún peor, cada pedacito de mi cuerpo está desesperado por decirte que sigue loco por ti.

Él no habla tan bien como tú, no es tan alto como tú, y definitivamente no es tan dios como el que yo creé en mi cabeza con tu imagen. Con él me siento acompañada… pero sí, tienes razón, hay algo triste en el ambiente porque, a pesar de todo, él no eres tú.

Sin embargo, quiero decirte algo importante: aunque reconozco que no se siente igual, que la emoción de verle es mucho menor, que no me corre adrenalina por el cuerpo cuando me besa, él te ha superado enormemente en una sola cosa: quiere quedarse.

¿Y tú dónde estás…?

mujercita

No quiero volver a ese papelito estúpido de mujercita. No quiero tener que esperar a ver si me llamas, si estás pendiente de mí, si me compraste un regalito de Navidad o si me quieres igual en Enero que en Diciembre.

Qué ladilla.

Logré liberarme de esa actitud hace tiempo y me ha ido mejor que nunca.

Y ahora le da por regresar a mi cabeza otra vez.

Ahora vuelve a atormentarme, a quitarme la concentración y la lucidez.

No quiero esa actitud de vuelta, me rehúso. Lo siento, ya estoy preparando los zapatos de goma para salir corriendo… otra vez.

desilusion

¿Y ahora yo qué hago? ¿Dónde pongo esta adoración que se anidó en mi cuerpo y que tenía ganas de entregarte todo? ¿Dónde se arroja la ilusión que uno ha acumulado durante meses y que ahora se ha quedado sin su objeto de amor?

Y aquí estoy, triste, incrédula, sin ganas de levantar la cabeza, parada en el medio de la calle… no pasa ni siquiera un carro que toque corneta y me saque de este mundo paralelo en el que he caído.

Yo definitivamente me enamoré de tí, no tengo ni siquiera las fuerzas para negarlo. Habías llenado todos los requisitos, ante mis ojos eras absolutamente perfecto. Un día hasta me atreví a decirte que eras la respuesta de los ángeles a mi búsqueda. Y realmente lo eras…

Podíamos hablar sin cansarnos, podíamos bailar y ser los más bellos de la pista. Me encantaba tu inteligencia, tu ropa, tu manera de moverte, tus metas a largo plazo, tu sensibilidad.
Yo soñaba con presentarte a mi familia, con pasearnos del brazo por todas partes, ardía en ganas de gritarle al mundo que finalmente Dios se había acordado de esta pobre infiel y le había enviado un compañero maravilloso…

Realmente anhelaba eso. Lo anhelé primero con alguien anónimo y cuando te conocí… le pusiste rostro y nombre a ese sueño.

Lo peor es tener esta sensación de ser la mujer más estúpida de la tierra. Lo peor es darse cuenta de que todos lo sabían y la única ciega que quería darle un mordisco a tu masculinidad era yo.
Yo, la que creía que nuestras charlas significaban algo, que mi “poder conquistador” estaba ganando terreno en tu corazón y que mis historias de amor quizás podían hacerte notar que me moría por besarte. Pobre ilusa…

Hoy me he declarado totalmente incompetente en materia de hombres. No los conozco, no sé descifrarlos, no sé quienes son… no quiero acercarme a ninguno.

Y aunque me lo dijiste en la cara me costó creerlo… no sabía si mi interpretación era errada, no podía detenerme a pensar que me había estrellado de frente contra la pared de la realidad. Tuve que describirle nuestra franca conversación a mi hermana y escuchar de ella el veredicto: “Sí, Andre, es homosexual…”

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Hoy escribo esto a manera de pellizco, a ver si es cierto lo que estoy viviendo…

Desde ese momento mágico en el que me enamoré de un argentino con sólo escuchar su acento irresistible, estoy soñando con ir a Buenos Aires. Y aquí voy, montada en un avión de Aerolíneas Argentinas a 10.000 metros de altura, escuchando un tango de Osvaldo Pugliese que ya huele a Plaza de Mayo, a Corrientes, a Puerto Madero y a todos esos rincones que la gente me ha mencionado con adoración y que yo hasta ahora sólo había podido anhelar.

No sé si estos pocos días alcanzarán para todo el plan de ruta que llevo en mi cabeza, haría falta quizás detenerse a vivir un año en Buenos Aires a ver si consigo revolverle las calles y pulsarle la vida como yo quisiera.

Mis amigos argentinos, los más bellos del mundo, pacientemente se han dedicado a organizarme el itinerario para darle un canal apropiado a mis deseos y evitar que me pierda entre los ardores de querer conocerlo todo en segundos.

Y al parecer, la última en viajar a Argentina soy yo… pues todo el mundo tiene un cuento de Buenos Aires: que si la carne es maravillosamente suave, que Recoleta es lo más chic de Latinoamérica, que no hay botas de cuero como las del sur y que los hombres porteños son los más apetecibles del continente pues combinan atractivo con dulzura e inteligencia. Algunas hasta me han pedido que les lleve uno…

Cada hora de vuelo se me antoja feliz mientras me acerque un poquito más al Gran País del Sur; sentada aquí en mi puesto 23C, entre historias románticas, voces melodiosas y un bandoneón de fondo, la sonrisa no me cabe en el rostro.

No he pisado Argentina y ya me encanta.

Nube sobre la cabeza

No es el mundo que de pronto se volvió el lugar más aburrido del universo. No.

No es él, que sigue estando tan pendiente de mí como siempre.

No son mis amigos, que se divierten y se ríen a carcajadas mientras yo quiero irme corriendo a dormir.

No es el exceso de Internet o de televisión. O de noticias o de radio.

No se trata de sueños no cumplidos, porque ahí están todos los que yo quería: realizándose.

Definitivamente no es el entorno, no es afuera donde está el problema.

Es adentro. Soy yo.

Soy yo la que no le encuentra gusto a los días, la que necesita ir a reportar un tsunami en Indonesia para sentirse motivada. La que odia los fines de semana y ama los lunes.

Soy yo la que está mortalmente aburrida, la que no se adapta, la que se ha acostumbrado a andar tan independientemente por la vida que ya nadie la soporta.

Soy yo la que sueña con una valiosa compañía pero sigue preparando el terreno para continuar sola hasta el infinito.

Soy yo la contradicción, la desidia, la pieza que no está encajando en ningún rompezabezas.

No creas que no me doy cuenta, ya lo sabía… definitivamente soy yo.